Colombia
Así se viven las peregrinaciones al Cerro de la Popa, corazón de las Fiestas de la Virgen de la Candelaria en Cartagena

El aire en la falda del Cerro de la Popa es distinto cada final de enero.
Huele a incienso mezclado con la brisa salobre del Caribe y al aroma dulce de la caña de azúcar que los vendedores ofrecen a quienes se disponen a desafiar la pendiente.
Entre la marea de rostros que buscan la cima hay locales y turistas con la piel protegida con bloqueador solar y sobreros de ala ancha: ascienden al cerro tutelar de los cartageneros en busca de una herencia religiosa y cultural: la devoción a la Virgen de la Candelaria.
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Peregrinación Cerro de la Popa Foto:John Montaño/EL TIEMPO
El camino inicia a las 4:30 de la tarde desde las propias faldas de La Popa, bajo la canícula del Caribe colombiano, y las calles llenas de vendedores de agua, comida y rosarios.
A la cita anual con la ‘Morenita’ asisten millas, y no solo de Cartagena sino de todas partes del país.
Todos llegan para caminar este monte de piedad para mantener viva esta llama de fe que llegó desde Tenerife, España, hace más de cuatro siglos.
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Cuarenta días de luz
Cartagena de Indias, vista desde el Cerro de la Popa Foto:John Montaño/EL TIEMPO
Mientras ascienden por la vía empinada pero perfectamente pavimentada. “Desde el nacimiento del Niño Dios hasta el 2 de febrero pasan exactamente 40 días”, explica uno de los creyentes que hace las 14 estaciones, en esta oportunidad de la mano de guías de la alcaldía.
Estos 40 días son de purificación, el cierre de la cuarentena de la Madre y la presentación oficial de Jesús. Ese simbolismo litúrgico es el motor que empuja a miles de peregrinos venidos de todo el país, y también turistas extranjeros, a convertir el cerro en un hormiguero humano.
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El esfuerzo como oración
Peregrinación al cerro de la Popa Foto:John Montaño/EL TIEMPO
El ascenso no es fácil. Cada respiración agitada y cada gota de sudor se transforman en una oración silenciosa para cada creyente. Al llegar a la cúspide, tras detenerse en las 14 estacionesel premio es doble: la paz del santuario y la visión de una Cartagena que parece rendirse a los pies de su patrona.
Desde allí, el convento de La Popa vigila la Ciénaga de la Virgen, el bullicio del mercado de Bazurto, las alegrías y tragedias de la Vía Perimetral y la belleza arquitectónica del Centro Histórico.
“Más de cuatrocientos años tiene la Virgen de estar justo aquí, mirándonos desde lo alto. Ella es el amor incondicional de las madres”, afirma un creyente al cruzar el umbral de la capilla.
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Cartagena de Indias vista desde el Cerro de la Popa Foto:John Montaño/EL TIEMPO
Una vez en la capilla la experiencia es sublime: en el centro de un altar gigante está la virgen morenita a quienes muchos le atribuyen milagros. Tanto así que cuando la ciudad ha atravesado sus más terribles crisis, como durante la pandemia, ha sido llevada hasta la Catedral de Santa Catalina de Alejandría en el Centro Histórico.
Durante las Fiestas de la Candelaria la Virgen también desciende a la Ciudad Heroica: a partir de este 2 de febrero será trasladada a la Ermita del Pie del Cerro.
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Entre la fe y el fogón
Peregrinación al cerro de la Popa Foto:John Montaño/EL TIEMPO
Pero la fiesta de La Candelaria en Cartagena es un tejido donde lo sagrado y lo profano se entrelazan sin conflicto.
Al descender del cerro, la espiritualidad se encuentra con el patrimonio gastronómico en el Festival del Frito Cartagenero. Ubicado estratégicamente en el parqueadero de los Zapatos Viejos, el festival ofrece el consuelo necesario tras la caminata: arepas de huevo, carimañolas y buñuelitos de maíz preparados por las manos expertas de las matronas locales.
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Una cita con la memoria
Peregrinación al Cerro de la Popa Foto:John Montaño/EL TIEMPO
La ciudad vive por estos días su novenario con misas que arrancan a las 4:30 ames Ese rosario de aurora que invita a la introspección, y se repiten al atardecer, cuando el cerro se transforma en un espacio de esparcimiento familiar.
Así, miles de cartageneros saben que su peregrinación es un eslabón en una cadena infinita de fe. Al entrar a la casa de la patrona reafirman que Cartagena no es solo piedra y mar, sino una memoria colectiva que se renueva cada vez que un fiel, con la mirada puesta en la cima, decide que vale la pena subir una vez más.
Además, te invitamos a ver nuestro documental:
Documental de la periodista Jineth Bedoya. Foto:
JUAN MONTAÑO
Corresponsal de EL TIEMPO
CARTAGENA







