Colombia
el mundo de los muertos / Crónica de Francisco Santos de la avalancha en 1985

Regresé del mundo de los muertos, escribió un día el célebre columnista Calibán y hoy me toca decir lo mismo. En Armero, o lo que quedó del pueblo, hasta los sobrevivientes parecen cadáveres que caminan.
Con los ojos rojos por el lodo, la cara morada por los hematomas, negros por el fango seco que se pegaba al cuerpo como una goma de máscara, aquellos que eran evacuados de los helicópteros parecían zombies sacados de una película de terror. Pero al dolor físico había que agregarle el drama psicológico. Muchos de los heridos solo preguntaban por sus parientes o lloraban desconsoladamente, no por su suerte sino por la pérdida humana que era factor común de todos aquellos que lograron salvarse del alud que sepultó a lo que alguna vez fue una floreciente ciudad.
Alrededor de 22.000 personas perdieron la vida en el desastre.
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Metro tras metro hombres, mujeres y niños llorosos preguntaban desesperados por sus familiares. Hasta el macho más duro se habría conmovido con la caravana de habitantes de este pueblo, que con lo que les quedaba en este mundo al hombro, ropa, una silla o una gallina, partían hacia Guayabal llorando y dejando atrás todo lo que había sido hasta ahora su mundo, su vida.
La pesada labor de rescate era lenta y un poco desorganizada. Una motobomba que se había pedido por más de tres horas para rescatar a una niña, que atrapada por el cadáver de su tía ya tenía el agua al cuello y no se le pronosticaban muchas horas más de vida, no había llegado. Sin embargo, una bandera de Colombia ondeaba en el cerro más alto al costado oriental de lo que era una ciudad y hoy es un pantano, y era una magra muestra de soberanía ya que la mayoría de la gente encargada del rescate eran voluntarios de la Defensa Civil, de la Cruz Roja o de organismos privados que habían prestado su trabajo y sus máquinas para hacer frente a esta tragedia.

Foto desde un helicóptero del avance tras la erupción del volcán Nevado del Ruiz.
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Eran pocos los estamentos gubernamentales que se habían hecho presentes. Inclusive existía una gran rabia con el presidente Betancur que había estado en la zona ayer en la madrugada, pero hasta ahora no había producido resultados. “Ayer vino el Belisario ese y nos prometió ayuda pero no ha llegado nada. Ni agua ni alimentos”. Otra mujer agregó: “Vino Belisario y nos dijo unas vainas sobre paz y serenidad pero para eso mejor que ni venga”. Y también había ira hacia los políticos liberales. Uno de los sobrevivientes me dijo que la política había causado esta catástrofe ya que la solución al represamiento del río Lagunilla se había convertido en una pelea política entre dos barones de ese departamento: Jaramillo y Santofimio.
Las explicaciones, las justificaciones y la ira son comprensibles ante la magnitud de la tragedia. Cuando conocí a Armero era una ciudad intermedia llena de vida, de fuerza, de alegría; hoy es una playa de lodo donde solo quedan el barrio Los Mangos, el cementerio. El sentimiento de angustia, dolor e incredulidad que sentía al ver este macabro escenario fue sintetizado por uno de los sobrevivientes, cuando juntos viendo desde una colina lo que antes era Armero, me dijo en tono lacónico, “era un lindo pueblito, ¿no”?

Tras la erupción del volcán Nevado del Ruiz, los equipos de Médicos Sin Fronteras llegaron con 22 toneladas de suministros.
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El mar de lodo con 15 mil o más personas sepultadas y con la vida de muchas más otras destrozadas, era muestra patética de nuestra impotencia ante la naturaleza. Parecía increíble que kilómetros de tierra fértil, de seres humanos llenos de vida, de animales, de casas y de infraestructura, obra creadora del hombre a lo largo de años y años de duro trabajo, fueran “borrados” del mapa en segundos por una fuerza incontrolable. Este sentimiento de pequeñez aumentaba a cada minuto y la pesadumbre que sentía, menos por los muertos que por los heridos, se incrementaba paralelamente.
No creo que Dante hubiera podido describir las escenas que vi. En el barrio Carolina o lo que era un barrio, tres cadáveres abrazados, el de una mujer con sus dos hijos, atrapados por los escombros estaban suspendidos en el agua putrefacta. Detrás de esta escena el cementerio intacto, irónicamente se había convertido en un homenaje a la vida ya que era el único que había sobrevivido al alud de rocas, cenizas, agua y lodo. El socorrista que me acompañaba me dijo que a la izquierda toda una familia había quedado sepultada. Lo único que delataba la presencia de sus cadáveres era el agua sangre que había teñido el fango de rojo. Sentí náuseas y me tuve que alejar casi que corriendo de allí.

Con sus pequeños hijos en brazos, en fila, estas familias se alejan de Armero, el pueblo que fue consumido por el lodo. Muchas personas lograron salir en un tiempo, pero de otras no quedó ni rastro.
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Al ir caminando hacia el sitio donde los helicópteros llevaban a los heridos una de estas “abejas” con motor había rescatado a una señora y la llevaba colgando, creo que con vida, hacia la zona de evacuación. Abrí los ojos con admiración ante esta labor acrobática, pero segundos después, ante los ojos horrorizados de todos los que estábamos caminando hacia la carpa de la Cruz Roja, la cuerda se rompió y el herido cayó más de treinta metros para perderse de nuevo en el fango. En ese momento, desesperanzado, decidió partir de la zona. La tristeza que todos sentíamos era profunda. Pero uno de los socorristas, como para disminuir la tensión que se podía cortar con un cuchillo, contó que una mujer en medio de la muerte había dado a luz. Este brillo de esperanza se esfumó rápidamente ante la abrumadora tragedia que todos tratábamos de explicar, pero que ante la limitación racional de la mente aún no podíamos comprender.
¿Y el futuro qué? Un par de niños jugando en la colina donde hacía 10 minutos yo había estado, riendo casi que desprevenidos del desastre que tenía ante sus ojos son el futuro. Esa risa inocente verdaderamente me alegró y por primera vez cruzó mi mente la esperanza de que en el futuro esa ciudad puede volver a ser la de antes. Ojalá no me equivoque.
FRANCISCO SANTOS CALDERÓN
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