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Estados Unidos se desmarca del consenso climático global. El giro de Trump que reabre la guerra energética y deja al país a contracorriente del mundo

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Durante años, la lucha contra el cambio climático se construyó como un esfuerzo colectivo, imperfecto pero compartido. Hoy, ese consenso vuelve a resquebrajarse. En poco más de un año, la Administración de Donald Trump ha desmontado buena parte del andamiaje legal que limitaba las emisiones en Estados Unidos, reabriendo un debate que parecía encauzado: si el futuro energético del país pasa por las renovables… o por prolongar la era del carbón, el petróleo y el gas.

Un desmantelamiento por etapas que ya suma cientos de decisiones

No ha sido una sola medida, ni un golpe aislado. Según el rastreador del Centro Sabin de la Universidad de Columbia, la Administración Trump ha acumulado más de 300 reversiones de políticas climáticas desde su regreso a la Casa Blanca. El último movimiento ha sido especialmente simbólico: retirar a la Agencia de Protección Ambiental la autoridad federal para limitar las emisiones de gases de efecto invernadero en sectores clave como la energía, el transporte o la industria.

Este tipo de decisiones no ocurren en el vacío. Desmantelar estándares de emisiones significa, en la práctica, relajar los frenos a industrias que dependen de los combustibles fósiles. El mensaje político es claro: la prioridad ya no es reducir emisiones, sino “restaurar el dominio energético” del país a través del petróleo, el gas y el carbón. Una formulación que no solo aparece en discursos, sino en documentos oficiales de seguridad nacional.

La ruptura con la ciencia y el multilateralismo climático

Estados Unidos se desmarca del consenso climático global. El giro de Trump que reabre la guerra energética y deja al país a contracorriente del mundo
© Oficina del Sherif del condado Fulton / AP.

El giro energético de Estados Unidos no se limita a lo regulatorio. También es institucional. La retirada del Acuerdo de París, el abandono de organismos vinculados a Naciones Unidas y la desvinculación de plataformas científicas como el IPCC marcan un patrón: la Administración Trump no solo cuestiona las políticas climáticas, sino los propios espacios donde se construye el consenso científico.

Este distanciamiento tiene un efecto simbólico poderoso. Durante décadas, la ciencia climática estadounidense fue uno de los pilares sobre los que se apoyaron los informes globales sobre el calentamiento. Hoy, buena parte de ese músculo institucional se ve arrinconado o directamente acusado de “alarmismo”. El resultado es un país que se aparta del tablero común justo cuando la crisis climática empieza a traducirse en impactos económicos, sociales y geopolíticos cada vez más visibles.

Cuando el mundo acelera hacia las renovables, Washington pisa el freno

El contraste es difícil de ignorar. Mientras Estados Unidos desmonta regulaciones, China y la Unión Europea compiten por liderar la nueva economía de la energía limpia. La solar, la eólica y las baterías se han convertido en piezas estratégicas, no solo para reducir emisiones, sino para dominar cadenas de suministro, industria y empleo en las próximas décadas.

Paradójicamente, muchas de las tecnologías que hoy permiten ese despliegue masivo nacieron en laboratorios estadounidenses. Sin embargo, la fabricación a gran escala y el control industrial se han desplazado hacia Asia. En ese contexto, apostar de nuevo por el carbón y el gas no solo es una decisión climática: es una apuesta industrial que puede dejar a Estados Unidos fuera de la carrera tecnológica que está definiendo el siglo XXI.

Más carbón hoy, más costes mañana

El primer año del segundo mandato de Trump ya ha dejado una señal clara: las emisiones en Estados Unidos han vuelto a crecer. Parte del aumento se explica por la mayor demanda energética de los centros de datos y por el repunte del uso del carbón frente al gas. A corto plazo, estas decisiones pueden parecer pragmáticas. A medio y largo plazo, el coste se acumula en otra parte: impactos climáticos más severos, mayor presión internacional y una pérdida de competitividad en sectores clave de la economía verde.

Aquí está la paradoja de fondo: incluso dentro de Estados Unidos, la solar y la eólica siguen creciendo por pura inercia económica. Son más baratas en muchos contextos y más rápidas de desplegar. El choque real no es entre renovables y fósiles como tecnologías, sino entre una tendencia global que avanza y una política nacional que intenta remar en sentido contrario.

Durante décadas, Estados Unidos marcó el ritmo de muchas transformaciones tecnológicas globales. Hoy, en plena carrera por la energía del futuro, el país parece haber elegido otro papel: el del actor que se resiste al cambio. La pregunta ya no es si la transición energética ocurrirá, sino quién liderará ese proceso… y quién quedará mirando desde la barrera cuando el tablero haya cambiado para siempre.



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