Llegué tarde a Hamnet. Casi seis años tarde. Lo publicó la editorial británica Tinder Press el 31 de marzo de 2020, en plena pandemia, y Libros del Asteroide hizo lo propio en España 11 meses después, pero yo no tuve constancia de él hasta el verano de 2022, cuando el boca oído se hizo imparable.

Aquel día de agosto de 2022 mi amiga Carmen me dijo por teléfono que acababa de terminarlo y que era durísimo. Me llamó en plenas vacaciones de verano solo para contarme eso: “He leído un libro que me ha partido por la mitad”. No sé por qué interpreté ese “durísimo” como difícil de leer, igual que Pynchon o algunos meandros de Foster Wallace. Duro como Charlie Kaufman o Mark D. Danielewski. Duro como expulsión sintáctica, no retórica.

Cuando se enteró de que la oscarizada Chloé Zhao (autora de Nomadland) dirigiría la adaptación cinematográfica el año pasado, Marina se puso a dar botes de alegría; era uno de los libros de su vida. Cuando vio el tráiler comenzó a preocuparse. “El hombre aparece demasiado”, me dijo. Y me dijo: “Si eso sucede en la película se cargará el espíritu completo de la obra”.

Pude no haberlo leído nunca, sobre todo cuando Carmen me había alertado tanto en contra, pero llegó a la redacción la edición en tapa dura que conmemoraba los 200.000 ejemplares vendidos —el mayor éxito de la historia de Asteroide—, así que le hinqué el diente quedándome efectivamente devastado. La dificultad de su lectura consistía en una gynkana emocional severa y se cimentaba en la pérdida que genera el punto de giro de su trama. En paralelo, el estilo de Maggie O’Farrell me pareció sinuoso y elevado, literatura de muchos quilates. Si no fuera por la belleza de su construcción, quizá habría abandonado la lectura.

Solo al leer la palabra fin entendí el miedo Marina. Hay una maternidad que sufre embates fuertes y también una paternidad inatenta. O ensimismada, que no es lo mismo que decir egoísta, o al menos no en cualquier época. La actitud de él frente al conflicto quizá no pasaría por egoísta en los 80, pero sí hoy. Una madre coraje al frente de una familia dura, una familia de campo de piel curtida, una familia británica cinquencencista, casi castellana de las de ahora. La pérdida, repito, la sacude a ella hasta el destrozo, hasta el punto en que no encontrará ni sus propias cenizas. El padre ocupado, despistado, desnortado, piensa que la vida sigue al ritmo que dictan sus prioridades. Piensa que el mundo no se para por nada, que es una máxima del todo cierta, pero que a veces evocarla implica una falta de tino y sensibilidad que puede malograr un amor.