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el nuevo campeón de la Liga destrozó al Tolima y estampó su estrella 11

Al Junior tienes que matarlo, reza la frase más popular del pueblo costeño, pero esta vez el Junior no tuvo que invocar su tradicional desafío, porque este Junior no tuvo amenaza, no sufrió, fue un tiburón tranquilo, capaz de pegar tres mordiscos en la ida de la final y otro más en la vuelta para destrozar al Tolima 4-0 y celebrar la estrella 11. A veces al Junior no tienes que matarlo, a veces es mejor temerle.
Tolima no le quería temer, y lo sufrió. Necesitaba remontar tres goles para buscar su milagro, y arriesgó tanto que terminó derrotado otra vez. Esa tribu de guerreros heridos se ahogaron en el mar caliente en el que los 11 tiburones esperaron, tan furiosos como traviesos. En ese primer choque de fuerzas hubo angustia y nervios de lado y lado, porque la pelota, en los predios costeños, rebotaba en jugadas confusas, hubo remates sin destino, gritos, clamores, algún desmayo, alguien vio una mano en el área, ¡penalti!, gritaron a una sola voz en todo el estadio, pero no lo era. Junior se sintió acorralado, pero solo por unos instantes, porque su ventaja de tres goles era su escudo, su muralla, su tranquilidad.
En realidad ese Junior no tenía temores, era un Junior seguro, un equipo que confiaba tanto en lo que tenía, que dejó que su rival agonizante quemara sus últimas fuerzas, lo dejó jugar para que se ilusionara, le permitió que corriera todo lo que quisiera, y de repente, ese Junior despiadado lanzó uno que otro contragolpe para que todo el estadio temblara de pavor.
Junior esperó y liquidó
Es que Junior sabía que ese Tolima tan jugado al ataque era un mar abierto a sus espaldas, así que esperó el tiempo prudente, ¿16 minutos?, sí, suficiente, fue cuando los tiburones salieron de las aguas mansas de su campo a las aguas turbias del rival, el pase fue de Chará, pase al vacío, esos pases que destruyen cualquier defensa y cualquier ilusión, porque la pelota iba para el más peligroso de todos, el más letal de todos: fue José Enamorado el que corrió como si llevara cuatro pulmones, dos corazones y tres aletas, recogió el balón y fue hacia el arco, el pobre arquero Fiermarín se sintió desprotegido, desarmado, “¿por qué a mí?”, se preguntaría cuando lo vio venir, salió a su encuentro a ver qué podía hacer, pero Enamorado ya sabía dónde poner la pelota, con qué serenidad, así como en el partido de ida cuando hizo dos goles, y toda la gente del Tolima cerró los ojos a ver si de pronto así desviaban la pelota, y cuando los abrieron, solo vieron a su arquero desparramado y al crac del Junior celebrando el 1-0, el 4-0 en el global, con las manos hacia el cielo como si empezara a agarrar la estrella para bajarla y pegarla de una vez en el escudo. “¿Para qué el resto del partido?”, dirían los costeños en la lejanía. “¿Para qué más sufrimiento?”, dirían los del Tolima, con su angustia.
Junior tu papá…
Tolima vs. Junior. Foto:Jorge Cuéllar
Pero quedaba partido. Quedaba historia para contar, como que el Junior se quedó con 10 jugadores al minuto 41 por la expulsión de Guillermo Paiva, que le metió un cabezazo a Marlon Torres, cabezazo mutuo, pero solo el de Junior fue castigado. Esa roja se celebró en Ibagué como si fuera el primer gol del Tolima, el que no había llegado. El que no llegó. 11 guerreros contra 10 tiburones ya era otra cosa. El primer tiempo terminó con un falso grito de gol, por un remate de Samuel Velásquez.
¿Era necesario jugar los otros 45? Sí, porque Tolima dio pelea, con un cabezazo, arriba, de Ánderson Angulo, o con el palazo (inexplicable) de Velásquez.
Junior fue superior en los dos partidos de la final y es el nuevo campeón, demostró que al tiburón no siempre hay que matarlo, a veces es mejor temerle.
PABLO ROMERO
Redactor de EL TIEMPO
@PabloRomeroET







