Colombia
la danza patrimonial que incorporó a la mujer y redefinió el congo en el Carnaval de Barranquilla

En el suroccidente de Barranquilladonde el barrio Pumarejo aún guarda la memoria de las casas de puertas abiertas y por donde el olor al primer café del día se filtra por los patios, el Congo Reformado se siente en cada paso y movimiento que se da en este sector.
No es una danza que haya sobrevivido por inercia ni por nostalgia. Es una práctica viva que se transformó para seguir diciendo algo en cada Carnaval de Barranquilla, y que encontró en la mujer no un adorno tardíosino una clave para darle continuidad a la tradición.
La danza del congo es el símbolo de la gran fiesta barranquillera y tuvo su primera expresión organizativa en 1875, lo que la convierte en la más antigua del Carnaval, cuyo origen se remonta a los pueblos guerreros del África.

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“Nace fruto de los aportes de obreros de la ribera del río Magdalena y gente con algunos recursos económicos, quienes decidieron formar un grupo para participar activamente en el jolgorio”, explica el investigador e historiador Édgar Rey Sinning, una de las voces autorizadas para hablar de las fiestas del Caribe colombiano.
Sinning sostiene que por haberse conformado en suelo barranquillero es la danza propia de la ciudad, “en términos de que fue organizado con gente de otros pueblos, pero con todo el espíritu del barranquillero”, afirma.
Esta danza callejera ha representado al Carnaval de Barranquilla en China, España, Estados Unidos, Canadá y países de centro y sur de América. En algunos pueblos de la costa Caribe también se les suele ver en festivales y reinados.
Así nace el Congo Reformado
La historia comienza en 1962, cuando Manuel Sánchez, un curtido bailador del Congo Grande y de otras danzas como el Toro Negro, rompe con una dirección que ya no lo representaba y funda, junto a sus hijos y cofundadores como el cantador Juan Pacheco Bosio, una nueva agrupación.

Danza Congo Reformado fundada en 1962
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El gesto inaugural fue disruptivo para su tiempo: sacar mujeres reales a la ronda. En una época en la que la moral barrial limitaba la presencia femenina en el baile público y los hombres se disfrazaban de mujer para ‘representarlas’, el Congo Reformado decidió reformar la escena desde adentro. De ahí el nombre, y de ahí también la fama.
Históricamente la danza del congo integró a personas homosexuales y travestisquienes destacaron por su elegancia y fortaleza durante los eventos precarnavaleros. Además de su elegancia para el baile, este grupo era reconocido por su capacidad de defensa durante los enfrentamientos físicos que surgían entre diferentes danzas del Congo.
Sin embargo, una determinación de la Alcaldía de Barranquilla prohibió la participación de homosexuales y travestis en las filas de los congos tras señalarlos como detonantes de peleas callejeras derivadas de las faltas de respeto del público.
“Los agarraban o manoseaban y ahí si respondían como machos. Habían unos que así como eran buenos para bailar como mujeres también lo eran para tirar trompadas”, recuerda Julio López habitante del barrio Rebolo que de niño alcanzó a ver varias de estas peleas callejeras.
No fue un cambio menor. La danza del congo había sido, durante décadas, un territorio masculinode fuerza y machete, de desafío frontal. La mujer aparecía como simulacro. El Congo Reformado hizo de su presencia una realidad sostenida. Y ese gesto, más que un escándalo pasajero, fue una grieta por donde entraron nuevas lecturas del cuerpo, del paso y del liderazgo.
El origen de la reforma
manuel sánchez Viene de una familia numerosa y compleja. 16 hijos reconocidos, con mujeres diferentes, una base humana que pronto se convirtió en columna vertebral de la danza. Albañiles, recicladores, botelleros, matarifes: gente del común que encontró en el Carnaval una escena de dignidad.
En los años sesenta y 60, cuando las empresas licoreras patrocinaban a los grupos folclóricos y la embriaguez marcaba parte del paisaje, los congos eran vistos con desdén. “Congo borracho”, “congo mal vestido”, “congos peleoneros”: etiquetas que calaron hondo y que, con el tiempo, se convirtieron en motor de cambio.

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La muerte de Manuel Sánchez dejó la dirección en manos de sus hijos. El mayor se declaró primero; luego, en 1987, el turbante mayor se posó sobre la cabeza de Julio Sánchez Stevenson, uno de los 15 hermanos elegidos para sostener la herencia. Con él llegó la segunda gran reforma.
Julio no heredó solo un cargo. Heredó un archivo vivo: pasos, versos, melodías, tensiones internas, y una memoria del baile travesti que había marcado la forma de moverse del congo cuando las mujeres no podían salir.
Ese baile fuerte, frontal, con manejo de falda aprendido desde el cuerpo masculino, fue traducido y enseñado a las mujeres de la familia. Julio se puso la falda para enseñar. Literalmente. La pedagogía fue corporal antes que discursiva. “Era la mejor forma de enseñarlas”, cuenta.
La mujer entra al centro
La presencia femenina en el Congo Reformado no es simbólica ni reciente. Es fundamental y, con el tiempo, se volvió directiva. Hoy, Yuliana Sánchez, hija de Julio, lidera el semillero infantil desde 2004. Su testimonio confirma que la reforma no se agotó en la ronda: se extendió a la organización, la logística, la administración y la transmisión del saber.
Julio Sánchez director del Congo Reformado y su hija Yuliana Sánchez son el alma y motor de la danza.
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Las mujeres no solo bailan. Ensayan, diseñan, entregan vestuarios, gestionan patrocinios, manejan presupuestos, coordinan grupos, forman niños. El grupo infantil cuenta con entre 20 y 30 niñas.
La condición para entrar no es el género ni el linaje, sino la alegría, el carisma, el dominio del paso y el sentido de pertenencia por el disfraz. En un contexto donde el congo sigue siendo leído como “danza de hombres”esa normalidad es, en sí misma, una transformación cultural.
Yo estoy bailando desde los brazos. Mi mamá siempre me disfrazó desde pequeñita y desde que tengo uso de razón estoy bailando en Congo Reformado
“Vivimos el carnaval todo el año”, sostiene Juliana para explicar que mantener vigente al Congo Reformado implica un trabajo de día y noche. “Yo estoy bailando desde los brazos. Mi mamá siempre me disfrazó desde pequeñita y desde que tengo uso de razón estoy bailando en Congo Reformado”, sostiene ella para explicar que su vida esta ligada a esta danza.
El baile también cambió. La falda dejó de ser un artificio y se convirtió en herramienta expresiva. El movimiento no se suavizó; se afinó. El cuerpo femenino ejerció la energía del congo sin pedir permiso, y con ello reescribió la escena. El público del barrio Pumarejo, siempre presente en ensayos y salidas, fue testigo y cómplice de ese tránsito.
Estética, música y oficio
La reforma no fue solo social. Fue estética, musical y técnica. En 1991, Julio impuso la uniformidad del vestuario. Antes, solo el director y las dos cabezas de cuadrilla salían “bien cambiados”. El resto iba como podía. La decisión de estilizar no significó abandonar lo tradicional, sino volver a ello con mayor conciencia: plumas, canutillos, lana, flores, moñas. Elementos antiguos recuperados con técnicas nuevas.

El Congo Reformado fue el primero en incluir mujeres en su grupo.
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Los turbantes se volvieron a relacionar. Figuras zoomorfas y asomorfas, mandriles, gorilas, tigres, águilas, osos, conviven con símbolos del territorio: ríos, aves, tiburones. Hay versos que lo explican: el río que se abraza con el mar en Bocas de Ceniza, las olas que vienen y van. La fauna no es capricho; es memoria cantada.
Julio compone versos de ocho palabras donde antes eran de cuatro.. Rescató melodías de recogida que casi nadie conserva. Golpes específicos de congo que se escuchan solo ahí. El sonido del tambor es distinto, y no por azar. La música se trabaja como archivo y como invención.
Todo se hace en casa. Tres máquinas de coser, un taller que todos los años crece, la familia entera involucrada. Tres días para terminar un turbante. El trabajo apenas empieza a terminar el Carnaval. La tradición, dice Julio, es como el agua: “si no fluye, se estanca y se pudre”. La frase no es retórica; es programa.
Familia, barrio y mundo
El Congo Reformado Se reúne hoy a 50 parejas: 100 personas entre hombres, mujeres y fauna. Cuarenta hijo de la familia Sánchez. Los mayores rondan los 75 años; el más pequeño, Julián, tiene cuatro y baila como si caminara.
El barrio Pumarejo no es escenario: es origen. La mayoría de los integrantes son del sector. No hay alquileres costosos. Hay diseño propio y préstamo solidario del vestuario. La economía es de sostenimiento, no de exclusión.
Esa ética barrial no impidió la proyección internacional. Julio ha recorrido más de 20 países. En Portugal, en el Festival de la Máscara Ibérica, vio tradiciones detenidas en el tiempo: zapatos cosidos como en 1800, veinte grupos, poca gente. La experiencia le confirmó una intuición: un carnaval inmóvil se vuelve museo. “El de Barranquilla es del mundo porque cambia sin dejar de ser”, explica Julio.

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Esa convicción se volvió estrategia. Sin abandonar machetes, pecheras ni pasos, el Congo Reformado renovó su visualidad para evitar el desgaste. Todo entra por los ojos, sí, pero se sostiene por el sentido. La tecnología, el tráiler, el sonido amplificado para que los versos se escuchen: herramientas al servicio de una memoria que quiere ser oída.
Una reforma que continúa
Julio Sánchez Stevenson se define como intermitente: maestro de obra, artesano, músico, modisto. La palabra le queda bien. Su vida cruza oficios y los reúne en la danza. Fue rey Momo en 2007, graduado del Colegio Montesquieu, aprendiz de la albañilería con su padre. Su saber es empírico y consciente. Estudia para cantar. Investiga historias para hablar. No cualquiera es cantador, dice, y en eso hay una ética del oficio.
El Congo Reformado es, hoy, una lección para los grupos tradicionales que sienten la presión de lo nuevo. Muestra que la evolución no es traición. Que la mujer no llega a desplazar, sino a sostener. Que el barrio puede dialogar con el mundo sin perder su acento. Que la tradición, cuando se trabaja todos los días del año y no solo cuatro, encuentra cómo volver.
En el Carnaval, esa escena inmensa que no pertenece a una sola ciudad, el Congo Reformado sigue entrando sin pedir permiso. Cambió la ronda, cambió el espejo social, y entendió que reformar no es romper, sino aprender a moverse mejor. Publicar esta historia en EL TIEMPO es reconocer que, en el corazón del Carnaval de Barranquilla, hay danzas que enseñan cómo vivir el cambio con memoria.
LEONARDO CARLOS HERRERA DELGANS periodista de EL TIEMPO leoher@eltiempo.com y en X:@leoher70
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La historia del repentista que mantiene vivo el legado de los versos en el Congo Grande del Carnaval de Barranquilla. ‘Joche’, como lo llamaba su padre ‘Mingo’ Pérez, tiene en sus manos y en sus improvisaciones el valioso tesoro del repentismo. Tras la muerte de su progenitor, lleva a cuestas la responsabilidad de no dejar morir 76 años de tradición.
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