Colombia
rutinas, cuidados, anécdotas y dolores de cabeza en el sistema donde cabe media Bogotá

LEA TAMBIÉN
Para ingresar a la estación ya hay largas filas que van moviéndose entre tambaleos; tanto en las taquillas con las cajeras y los módulos automáticos para recargar la tarjeta como en el torniquete donde los funcionarios del sistema se aseguran que todos paguen el pasaje, aunque hay grandes y pequeños que se pasan por debajo.
LEA TAMBIÉN

A 25 años de este sistema, las troncales se han multiplicado, las tarjetas dejaron de ser azules y rojas, ahora son verde y la forma de recargarlas cada vez es más fácil. Los autobuses y su tecnología han cambiado. Ahora hasta se fue por los aires con el TransMiCable. Esta forma de transporte acostumbró a los usuarios a que el paradero no es donde quiera estacionarse el operador (conductor) o en la mitad de una vía -como sucedía antes de TransMilenio- sino en estaciones.
Ya dentro de la plataforma hay un joven trabajador que va con la maleta al frente, pegada al cuerpo. Está a la expectativa de la hora en la que va a llegar su ruta, porque el letrero que avisa el tiempo de arribo dice que faltan tres minutos. Él sabe que ese lapso puede cambiar, pero confía en la precisión. A su alrededor abunda la gente que espera con él y la que camina a paso acelerado.
Tanta actividad no permite diferenciar si eso es una estaciónun escenario de artistas emergentes, una plaza de mercado o un pasaje comercial con una amplia variedad de oferta que va desde mecato, frutas, accesorios, material de papelería y hasta helado.
Usuarios de TransMilenio Foto:EL TIEMPO
La hora cero: el intento de entrar a un TransMilenio y coger silla
Entre gruñidos y pasos cortos, el joven y una multitud se abren camino hacia las puertas cuando llega el autobús. Los quejidos que emiten no parecen de humanos, pero lo son. Se puede distinguir cuando unos dicen bien alto: “¡Ay, cuidado!”, “¡No empujen!” o “¡Señora, me está jalando el pelo!”.
Así se siente entrar a una ruta del TransMilenio en hora pico (sea de la mañana o de la tarde) cuando un bus llega vacío o con algo de espacio. La mayoría de usuarios dicen que es “terrible”, “horroroso”, entre otras palabras. Otros piensan en su rapidezmientras el “Transmi” va por su carril exclusivo y sobrepasa los carros particulares que se enfrascan en trancones. Y aunque van apretujadas, ya no se ven personas colgadas de las puertas como sucedía con los buses, las busetas y los colectivos que fueron reemplazados por los busetones y articulados del sistema.
Por momentos parece un arte o una destreza para poder moverse con habilidad entre la gente. Se trata de respirar profundamente, de tener buen ojo y cuidar las cosas. No hay que dejarse llevar. Casos se han visto donde la gente pierde hasta sus zapatos –“y hasta sus esposos”, señala una pasajera– entre el frenesí que se vive al entrar y salir de un articulado lleno.
LEA TAMBIÉN

Con todo y lo incómodo que pueda resultar para muchos, el sistema masivo de transporte de Bogotá movilizar a cuatro millones de usuarios al díasegún cifras del Distrito, en sus 12 troncales. Es decir que en sus estaciones y autobuses se refleja por momentos -dependiendo de la hora-, la Bogotá caótica y la ciudad tranquila, el día a día de sus habitantes, las virtudes y las cosas que hay por mejorar.
En esos gigantes rojos lo utiliza casi todo el mundo: familias, niños, hombres, mujeres, estudiantes de colegios y de universidades, trabajadores, vendedores informales, personas de la tercera edad…., para movilizarse por la capital con el propósito de llegar a un punto específico, con más rapidez que si fueran en un vehículo particular en las congestionadas vías de la capital.
Las posibilidades de distracción en ‘TransMi’: desde la música en audífonos hasta el cantante en vivo
Cada pasajero va sumido en su propio mundo, en lo que podría calificarse como su segundo o tercer hogar de tanto tiempo que se la pasa ahí. Una señora de 50 años habla con su compinche, un hombre juega en el celular, una muchacha toma su libro para sumirse en fantasías, un niño con uniforme de colegio duerme en el regazo de su mamá y unos jóvenes están muertos de la risa después de que salen de la universidad.
El sistema nació como respuesta a una crisis. Foto:EL TIEMPO
En ese trayecto se puede subir al vendedor ambulante que ofrece algún producto “con un descuento de tres unidades por 1.000 pesos”el rapero que improvisa con la gente con el parlante que retumba con los bajos, la banda con todo tipo de instrumentos que intenta ponerle ritmo a la ruta, el tipo que pide monedas y que lleva con él un olor bastante cuestionable o la madre que espera conseguir algo de alimento.
Cada uno de ellos va de vagón en vagón, sacando al pasajero de su mundo o sumergiéndose más con tal de ignorarlos.
Pocos admiten que la cordialidad sigue presente en estos autobuses en actos tan simples, como el ceder o ayudar a pedir una silla (sin importar que sea azul o roja) a la persona de la tercera edad, a la mujer que lleva un bebé en brazos, a la persona discapacitada oa quien va enfermo.
La cultura hace presencia en aquellos que esperan en que la gente salga para entrar, sin afán. La solidaridad incluso se ve cuando alguien presta su hombro sin reparar para la persona que va dormida y en medio de sueños se le recarga.
LEA TAMBIÉN

Las percepciones entre autobuses y estaciones.
Hay quienes preferirían no subirse al autobús, pero no tienen más opciones. Otros se resignan y aseguran estar acostumbrados a las rutinas pesadas que vienen con la hora pico, así como disfrutar esos momentos de tranquilidad cuando pueden encontrar un autobús más vacío.
Sandra, usuaria frecuente del sistema, señala que a pesar de todo, se siente más segura cuando viaja en un articulado que en un taxi o en un carro de plataformas de movilidad. “Me pueden hacer un paseo millonario o hacerme daño. Aquí tengo menos riesgo porque hay más gente; uno se cuida”. Esta mujer además resalta una cualidad que en este 2025 se ha ido perdiendo a raíz de las obras y las Múltiples protestas de este año.
“Esto antes era rápido. De Banderas a mi trabajo me demoraba 40 minutos; ahora me demoro hasta hora y media“, se lamentó.
Otro habitante de la ciudad se refirió al dolor de cabeza que es esperar un alimentador en lugares como el Portal El Dorado. Y es que en varias estaciones se pueden ver largas filas de personas con el autobús verde enfrente, “pero nada que venta”. Esperan que algún conductor pase a recogerlos y se inicie una estampida.
“A veces voy tan cansada que me dan ganas de dormirme en el suelo mientras espero a que pase esa hora de espera”, confiesa.
Como Sandra, hay muchos pasajeros que hablan de una cosa que le falta al TransMilenio para mejorar su experiencia: la cultura ciudadanaque se ve reflejada en la manera de ingresar a la estación, al autobús, la convivencia dentro del vehículo y los buenos modales que marcan una diferencia en la experiencia de otros.
El sistema ha hecho una apuesta en algunas estaciones en las que los funcionarios regulan las filas para facilitar la entrada y la salida. La estación de EL TIEMPO-Cámara de Comercio la tiene. pero Yolanda relata que este no es el mismo caso para el Portal de Usme, donde hay muchísima afluencia. “Es como otro mundo”, señala.
TransMilenio cumple 25 años Foto:EL TIEMPO
Desde jóvenes hasta de la tercera edad que fueron entrevistados por EL TIEMPO mencionaron la impotencia que les genera ser testigos de los colados en el sistema; Esas personas que se saltan los torniquetes o buscan cualquier ruta para no pagar el pasaje, pero que han sumido al sistema es un largo déficit financiero y se han vuelto en una pesadilla para quienes sí lo hacen.
Este problema ha llevado a que la experiencia del cambio de usuario desde el momento en que entra. Las filas en las estaciones son más largas y toca emplear la fuerza para que el torniquete, que va de suelo a techo, se mueva. Hay quienes celebran esas medidas porque no les gusta saber que otros no pagan por el servicio.
María Paula Rodríguez Rozo
REDACCIÓN ÚLTIMAS HORAS







