Colombia
Ser adulto mayor y peatón en Bogotá quintuplica el riesgo de morir en un accidente vial

En Bogotá, envejecer y caminar se ha convertido en una combinación de alto riesgo. Para las personas mayores de 60 años, desplazarse a pie no solo es una necesidad cotidiana, sino también una condición que multiplica por cinco la probabilidad de morir en un siniestro vial frente al resto de la población. Así lo revela una investigación de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) que analizó los patrones de caminata de más de 3.800 adultos mayores y los cruzó con datos de siniestralidad vial y características del entorno urbano.
La capital cuenta con cerca de 1.200.000 personas mayores, equivalentes al 15% de su población. Para una parte significativa de ellas, caminar es la principal —ya veces única— forma de desplazarse para acceder a servicios de salud, hacer compras, realizar trámites o mantener su vida social. Sin embargo, esa dependencia de la movilidad peatonal tiene un costo desproporcionado.
De acuerdo con el Anuario de Siniestralidad Vial de Bogotá, En 2024 murieron 565 personas en hechos de tránsito, de las cuales 270 eran adultos mayores de 60 años. Es decir, el 47,8 % de las víctimas fatales pertenece a un grupo que representa una minoría demográfica, una señal clara de desigualdad en el uso y la seguridad del espacio público.
Este es el momento en que el adulto mayor queda tendido en el suelo. Foto:Televisión de la ciudad
El corredor comercial de la Calle 53, en Chapinero, desciende en la evaluación, porque la mayoría de sus semáforos no cumple con el tiempo mínimo de cruce requerido por una persona mayor y porque los andenes presentan desniveles significativos.
Angie Tatiana Ángel ChaparroMagíster en Ingeniería de Transporte de la UNAL.
Motocicletas circulando por andenes, invasión del espacio peatonal, cruces inseguros, semáforos con tiempos insuficientes y aceras deterioradas configuran un entorno urbano que castiga justamente a quienes más dependen de caminar. Lo que para un adulto joven puede ser un trayecto normal, para una persona mayor se convierte en una carrera contra el tiempo y los obstáculos.
Estos patrones fueron estudiados por Angie Tatiana Ángel Chaparro, magíster en Ingeniería de Transporte de la UNALquien combinó información de movilidad peatonal, siniestralidad vial y variables del entorno urbano para demostrar que la ciudad no está diseñada para ser caminada en la vejez.
Donde caminar es más riesgoso
El análisis identificó dos grandes circuitos peatonales. En el centro-norte de la ciudad —localidades como Chapinero, Teusaquillo, Usaquén y Barrios Unidos— los trayectos de los adultos mayores suelen estar asociados a salud preventiva, gestiones financieras y vida social. Allí, los recorridos son más cortos, entre 20 y 23 minutos, gracias a la cercanía de servicios y equipamientos urbanos.
La situación cambia en el sur de Bogotá. es localidades como Ciudad Bolívar, Bosa, Kennedy, Usme y San Cristóballos desplazamientos a pie responden a necesidades urgentes y trabajos de cuidado. Son trayectos más largos, más frecuentes y con mayor exposición al riesgo, especialmente entre mujeres de estratos 1, 2 y 3.
Muchos de estos viajes se originan en sectores de alta densidad poblacional y bajos ingresos, como El Lucero y Timiza, desde donde las personas mayores deben desplazarse hacia nodos centrales de servicios.
Chapinero aparece como un imán por su concentración de centros médicos privados y comercio especializado; La Candelaria y el centro, por los trámites oficiales; y zonas como Puente Aranda y Galerías, por servicios de comercio y salud. Esta desconexión entre el lugar de residencia y los espacios donde se resuelven las necesidades básicas obliga a recorridos largos y complejos entre localidades.
Al superponer los mapas de caminata con los de siniestralidad, la investigación encontró que las localidades con mayor letalidad peatonal para adultos mayores son Los Mártires, donde se concentra el 36,1 % de los fallecimientos; Santa Fe, con el 23,2 %; Tunjuelito, con el 16,3%; y Puente Aranda, con el 15,5%.
“Localidades como Suba, Engativá o Kennedy tienen la mayor cantidad absoluta de personas mayores, pero la siniestralidad allí es menor. El riesgo letal se concentra en zonas donde coinciden una alta frecuencia de viajes peatonales y un entorno urbano hostil, con intersecciones complejas, tráfico veloz y cruces inseguros”, explica Ángel Chaparro.
En sectores como Ciudad Bolívar, Usme y San Cristóbalaunque la proporción de adultos mayores es menor, la exposición al riesgo sigue siendo alta por la ausencia de rampas accesibles, el deterioro de las superficies peatonales, la falta de iluminación y la presencia de pendientes pronunciadas y separadores elevados que funcionan como verdaderas barreras urbanas.
“La siniestralidad peatonal de las personas mayores no responde únicamente a la concentración de población, sino a condiciones estructurales del entorno urbano. Por eso, el análisis de la movilidad debe abandonar enfoques generalistas y asumir un enfoque verdaderamente diferencial”, enfatiza la investigadora de la UNAL.
Un índice que cambia el mapa de la ciudad
Para profundizar en estas desigualdades, el estudio transformó el Índice de Caminabilidad tradicional en un Índice de Caminabilidad para Personas Mayores. El ajuste implicó incorporar variables críticas para el envejecimiento, como espacios de descanso, señalización clara y visible, cobertura arbórea continua, presencia de baños públicos y entornos predecibles y familiares.
Mientras que para la población general la presencia de rampas tiene un peso bajo, para una persona mayor alcanza el nivel máximo: un andén de 15 centímetros sin rampa puede convertirse en un obstáculo insalvable ante la pérdida de fuerza muscular o problemas articulares. Lo mismo ocurre con las bancas, cuya ausencia deja de ser un asunto de comodidad para convertirse en una limitación directa de la movilidad.
El tiempo de cruce en los semáforos es otro ejemplo clave. Lo que el índice general considera suficiente —20 segundos para cruzar 30 metros— resulta insuficiente si se tiene en cuenta que la velocidad promedio de marcha de un adulto mayor oscila entre 0,8 y 1 metro por segundo, frente a los 1,2 a 1,4 metros por segundo de un adulto joven.
Con estos nuevos criterios, zonas que en el índice general aparecían bien calificadas descendieron hasta dos niveles. Sectores como La Candelaria, Santa Fe y Los Mártires, pese a su alta densidad de servicios, presentan aceras angostas, pavimento irregular, escalones frecuentes y tráfico vehicular complejo.
El eje de la Avenida 68, entre la Autopista Norte y la Calle 80, también pasa de una calificación buena a baja por cruces peligrosos, ausencia de bancas en tramos extensos e invasión constante del espacio peatonal. “El corredor comercial de la Calle 53, en Chapinero, desciende en la evaluación, porque la mayoría de sus semáforos no cumple con el tiempo mínimo de cruce requerido por una persona mayor y porque los andenes presentan desniveles significativos”, detalla Ángel Chaparro.
“En resumen, la infraestructura de la ciudad está pensada para un peatón que no coincide con la realidad del envejecimiento. Si hoy Bogotá no está adaptada para las personas mayores, tampoco lo estará para las generaciones que vienen”, concluye la investigadora.
La advertencia cobra mayor relevancia si se tiene en cuenta que la población de 60 años o más crece a un ritmo cercano al 3% anual. Para 2050, este grupo representará el 21 % de la población, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe. En Colombia, el número de adultos mayores pasará de cerca de 7 millones a más de 9 millones en 2030. La pregunta ya no es si la ciudad debe adaptarse, sino cuándo y para quiénes lo hará.
Adultos mayores Bogotá. Foto:mAURICIO MORENO / EL TIEMPO
CAROL MALAVER
SUBEDITOR BOGOTÁ
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