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El 5 de diciembre de 2025, el universo del fútbol se detendrá. Washington D.C. y su Kennedy Center serán el escenario del sorteo del Mundial 2026. A las 12 del mediodía (hora de Colombia), se activarán los bombos que determinarán el destino de las 48 selecciones. Cuarenta y ocho. Un número que pocos celebran, por mucho que se quiera presentar como símbolo de inclusión, porque conlleva el riesgo de diluir la esencia de lo que siempre fue el Mundial: un privilegio, no un espectáculo.
Por primera vez, tres naciones (Estados Unidos, México y Canadá) compartirán la sede. Un Mundial de fronteras abiertas, de logística ampliada y de un calendario que parece diseñado más para las pantallas que para los jugadores. Se expandió el mapa, y se disminuyó el nivel, la exclusividad. Con 12 grupos de cuatro selecciones, clasificando los dos primeros y los ocho mejores terceros, la épica se reemplaza por la estadística. Ya no se trata de sobrevivir entre los grandes, sino de obligaciones en ese festival de cupos.
Néstor Lorenzo Foto:AFP
En este contexto llega Colombia, con su hilo invisible que se tensa cada vez que juega la Selección: una mezcla de fe, orgullo y ‘berraquera’. Mientras el formato del Mundial se inunda de cifras, la esperanza de una nación se sostiene en dos nombres que despiertan emociones y algoritmos: Luis Díaz y James Rodríguez. El primero, símbolo de lucha y resiliencia; el segundo, de talento y añoranza. Díaz representa el presente vibrante, el jugador que corre con el alma y juega con el barrio a flor de piel. James, en contraste, es el eco de un gol que aún resuena en la memoria colectiva, el 10 que se niega a desaparecer.
Luis Díaz, en acción contra Unión Berlín. Foto:AFP
Aunque ambos se encuentran en extremos distintos de su trayectoria, son ellos quienes otorgan identidad a esta Selección. Díaz con su vértigo; James con su pausa. Uno que electriza, otro que organiza. En medio de una Copa del Mundo que parecerá una maratón (tendrán lugar 40 partidos más que en los últimos mundiales), son estos jugadores quienes pueden devolverle poesía al juego, porque a pesar de que a algunos se les olvide y parezca algo obvio: el fútbol pertenece a los futbolistas.
Gianni Infantino, presidente de la FIFA. Foto:AFP
Los próximos encuentros amistosos contra Australia y Nueva Zelanda no son meros ensayos, sino pequeñas pruebas de carácter. Porque si el formato multiplica los cupos, también incrementa las excusas. Clasificar a la segunda ronda ya no será considerado algo extraordinario, sino lo mínimo. Y ahí radica el riesgo: pensar que con más lugares el camino se simplifica y que es una obligación avanzar, al menos, hasta los cuartos de final, para igualar lo logrado en Brasil 2014.
Néstor Lorenzo Imagen:EFE y AFP
Colombia requiere más que esperanza o exigencia. Que en el Mundial 2026 los de Néstor Lorenzo no estén contando disponibles, sino afirmando su presencia. Que el conjunto retome su resonancia como su pueblo: con cadencia, con esencia, con veracidad. Porque si el fútbol se convierte en una melodía universal, Colombia puede marcar el compás a base de goles, de orgullo, de no contentarse con simplemente participar, sino con destacar.
CAMILA ESPINOSA ARISTIZÁBAL
Para EL TIEMPO
@Camilanoticia1
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