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Vi Cumbres Borrascosas y salí del cine preguntándome: ¿puede un acto tan íntimo como el sexo recordarnos todo lo que no es amor?
Fue entonces cuando me sorprendió haber sentido algo diferente durante la proyección para prensa previa al estreno final en cines (este 12 de febrero de 2026). Y esto no es algo malo, al contrario, el filme lejos de parecerme “candente” como lo están describiendo en todos lados, me parece interesante.
Desde el inicio de la película, Fennell marca con firmeza su tono sexual: sonidos que emulan los de un hombre masturbándose se revelan como jadeos de hombres a punto de ser colgados públicamente. En la audiencia, unos jóvenes Catherine (Robbie) y Heathcliff (Elordi) presencian el “espectáculo”. La precariedad moral late durante todo el filme, a veces más fuerte que otras.
Después, pasamos directamente al desarrollo de la historia entre los protagonistas, su infancia juntos marcada por la carencia, el maltrato y los estragos de una Inglaterra rural durante la era preindustrial en la que la violencia no era la excepción, sino la norma.
Los horrores del contexto histórico, desde luego, influyen en la infancia de Catherine, quien perdió a su madre cuando era niña, quedando al cuidado de su padre, un hombre violento con problemas de adicción al alcohol y las apuestas como consecuencia de la pobreza en la que están sumergidos.
Estas son las bases para el vínculo Catherine y Heathcliff. Así como Emerald Fennell decidió nombrar a su filme “Cumbres Borrascosas”, así, entre comillas para hacer énfasis en que esta no es una adaptación fiel a la obra original, también habría que entrecomillar aquello de que es una “historia de amor”. La relación estelar me hizo pensar en otras “historias de amor” icónicas como la de Scarlett O’hara y Rhett Buttler en Lo que el viento se llevó: dinámicas asimétricas entre dos seres humanos profundamente imperfectos, inmorales y heridos por un contexto histórico turbulento.
Llamó mi atención que el filme haya sido promocionado como una historia que causaría suspiros entre las mujeres. Claro que ver a Jacob Elordi con una camisa de poeta mojada y haciendo abierto alarde de su altura y su fuerza generará reacciones, pero Cumbres Borrascosas de Emerald Fennell es difícilmente una película para sonreír como si estuvieras haciendo una travesura, incluso en sus escenas eróticas.
Conocida por su estilo visual cargado de simbolismos, Fennell hizo de Cumbres Borrascosas una especie de visión, como si fueran los sueños que ella tuvo mientras leía la novela. Algunos fragmentos de la edición no tienen sentido cronológico; no sabemos cómo llegaron ahí, pero Heathcliff y Catherine tienen relaciones en las cumbres, en medio de la lluvia, en uno de los salones de la casa de Catherine, en un carruaje que quién sabe quién conduce. Estas decisiones le dan un sentido onírico al filme, lo mismo ocurre con los vestuarios a cargo de Jacqueline Durran y el diseño de producción de Suzie Davies.
