Colombia
Voy y vuelvo | Como niños chiquitos

Tomemos como ejemplo cualquier hogar con niños pequeños. Digamos entre los 2 y los 15 años. ¿A qué nos dedicamos los padres en ese tiempo? A cuidarlos, a educarlos, a velar porque no les falte nada. Pero también les enseñamos normas de comportamiento: asearse, recoger la ropa sucia, tender la cama, cepillarse, respetar a los mayores, sacar a la mascota…
Y cuando se trata de temas más complejos, nos obsesionamos con que las lecciones queden bien aprendidas: cómo actuar ante una posible situación de peligro, qué protocolos seguir si se quedan solos en casa, si un extraño les habla, si deben cruzar una calle solos, si los ‘matonean’ en el colegio, si les ofrecen drogas o van a su primera fiesta oa un paseo también solos.
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Cuando se hace bien la tarea, el resultado no puede ser otro que la formación de buenos ciudadanos, respetuosos de las normas, conscientes de sus deberes y obligaciones, atentos a los peligros y con una comunicación honesta. Si nada de esto pasa, hay que revisar cómo estamos educando a nuestros hijos o cómo nos educaron a nosotros.
En nuestro espacio de CiudadAndoque pueden ver a través de YouTube, comentamos sobre estos temas con Ómar Orostegui a propósito del comportamiento que estamos exhibiendo en un tema tan peligroso y delicado como el uso de pólvora por esta época. En mi caso, debo anunciar que en todo lo anteriormente descrito conté con la mano firme de mi mamá. Así aprenderé muchas cosas. Hoy parece que la mano firme ha desaparecido; somos más complacientes y hasta temerosos con los hijos, pero lo que no puede desaparecer es la responsabilidad de educarlos en valores y comportamientos ante la sociedad. Y aquí sí debo reconocer que hubo algo en lo que no recibí ninguna lección: el uso de la pólvora. Del exiguo presupuesto familiar que existía, papá siempre sacaba un porcentaje para totes, mechas, volcanes, bengalas, pitos, esponjillas, buscaniguas, voladores y demás, tanto en Navidad como en Año Nuevo. Y todos los vecinos hacían lo mismo. Y quien manipulaba la pólvora no era solo papá, sino nosotros, sus hijos. Y él, por el contrario, nos enseñaba a echar voladores y lanzar mechas y pitos al aire.
Quemados por pólvora.
Foto:Tesoro de stock
Las consecuencias no se hicieron esperar. En una Navidad, una luz de bengala cayó sobre mi pie. Todavía recuerdo el dolor, el olor y la cicatriz que aún conserva. En otra, fui yo quien quemó a mi hermana, leve, por fortuna. En una más, mi hermano menor se quemó los dedos y las pestañas, también sin consecuencias. Nos encantaba ver la humareda que dejaba la pólvora y el olor característico esparcido por el aire. Era como si esos dos elementos confirmaran que estábamos en Navidad o despidiendo el año.
Cuando se crece y se tienen hijos, las cosas cambian. Y entonces la reflexión es distinta: ¿Qué nos pasaba en ese entonces? Pues que no había campañas, ni redes, ni celulares; en consecuencia, nunca había un escándalo grande sobre quemados, mutilados y demás. Excepto si instalaba un depósito de pólvora, como me tocó ver, y entonces la lectura es otra.
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Quizás hoy exista más conciencia acerca de los riesgos de quemar pólvora. Más campañas disuasivas. Más pedagogía. Pero nos seguimos quemando y la razón principal es que nos seguimos comportando como infantes a los que hay que explicarles las cosas más elementales: nos tienen que venir a enseñar, ya adultos, como si fuéramos niños, que la pólvora es peligrosa; que aquí, mata, mutila, deja cicatrices de por vida y puede cambiar para siempre el sentido de la Navidad.
Este año van 41 quemados. Una decena de ellos, niños. No aprendemos, seguimos creyendo que eso no pasará con nosotros porque somos cuidadosos, porque quemamos pólvora en lugares seguros o porque hay elementos pirotécnicos inofensivos. Bueno, pues una inofensiva luz de bengala me dejó una cicatriz de por vida. La pólvora no es inofensiva; si lo fuera, no recomendarían que la manejaran los expertos. La pólvora no es para manipularla en el balcón de la casa, como también lo he visto, o en medio de la calle; de ahí tantos heridos que solo observaban. Y por último, la pólvora no es barata; cuesta, ya usted le ha costado mucho conseguirla.
ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor General EL TIEMPO
X: @ernestocortes28
erncor@eltiempo.com







