Colombia
Voy y vuelvo | No le cabe una venta informal más a TransMilenio

TransMilenio no resiste una venta informal más. En los puentes de acceso a las estaciones, en las mismas estaciones, afuera de ellas, dentro de los autobuses, no hay un rincón en el que no existe una venta informal. O una mujer indígena con sus hijos vendiendo artesanías o pidiendo limosna.
La presencia de personas dedicadas al rebusque está generando problemas colaterales serios, como el riesgo de que un día de estos uno de los productos que exhiben en los puentes caiga sobre la autopista y genere un accidente. Pero también está el tema de la inseguridad, y no porque estas personas sean delincuentes, sino porque su actividad sí facilita la presencia de ladrones que se camuflan entre ellos o dificultan su captura. Para no hablar del riesgo que representan a la hora de una estampida por cualquier motivo.
Ni TransMilenio, ni Integración Social, ni Seguridad, ni el Dadep han podido con este tema, que se suma a la desgracia de los colados, un desastre permanente para el sistema.
Es tal la invasión de ventas informales en el sistema TransMilenio que no se puede andar. Lo digo porque frecuento una estación en la que, literalmente, es imposible moverse ante tantos cachivaches que se venden en improvisados escaparates o de personas que se dicen enfermas, vendedores de calcetines con cajas, vendedores de almanaques, materas, helados, que hacen imposible el tránsito por estos espacios.
Hay que respaldar medidas para organizar el trabajo de los informales. Pero también reconocer que decenas de ellos, en espacios desorganizados, terminan generando más problemas que soluciones.
ERNESTO CORTÉS FIERROEditor general de EL TIEMPO
Y en el interior de los autobuses, pues ya conocemos la historia: una mezcla de cantantes, vendedores, personas pidiendo ayuda y demás. Lo hemos visto en las redes: se han instalado verdaderas plazas de mercado en las estaciones como si nada. A ojos de las mismas autoridades. Aunque cabe señalar que en esto de la plaza se actuó, pero el tema no ha desaparecido y en cualquier momento se presenta una invasión similar.
Y vamos a ser claros de una vez: nadie está negando el derecho al rebusque. Y menos después de lo que ha generado el Gobierno Nacional con su cascada de decretos que disparan la informalidad, y se hace llamar al Gobierno que defiende justamente a estas personas.
Después del covid yo dejé de reclamar por el tema de la invasión del espacio público porque entendí que muchas personas tenían que rebuscarse la vida. Y lo sigo sosteniendo. Pero en el caso de TransMilenio se trata de un asunto de seguridad ciudadana y de derecho a la libre movilidad de los pasajeros. Las estaciones son un enjambre de personas que van y vienen, y ellas merecen respeto. Permitir que proliferen estas actividades, en el desorden que se registra, contribuye a generar el mayor número de críticas al sistema. Aquí es donde debe prevalecer el derecho de las mayorías a un transporte digno y seguro y, por supuesto, el derecho de los informales a desarrollar sus actividades, pero a criterio de las autoridades.
Esta semana, una jueza le dio la razón a Bogotá al rechazar una demanda que prohibía al Distrito actuar en la recuperación de estos espacios y en desalojar a los informales. Y lo hizo argumentando que las razones del Gobierno estaban fundadas en lo establecido en su Plan de Desarrollo y porque no criminalizaba a los ambulantes ni atentaba contra sus derechos. La jueza señaló, adicionalmente, que la norma “ordena a las entidades distritales actuar de manera coordinada y conjunta, cada una dentro de las funciones que ya les han sido asignadas por la ley”.
Pero no basta con que el Distrito haga operativos. Es necesario que los ciudadanos actuemos en consecuencia. Si los informales en TransMilenio han aumentado, es porque la gente lo ha propiciado, y así es muy difícil después de reclamar más seguridad y mejor calidad en el servicio. Ese cuento del entonces alcalde Petro, según el cual TransMilenio es el centro comercial de los pobres, lo único que hizo fue denigrar de esos mismos pobres y enviar un mensaje equivocado sobre cómo debe ser el servicio y la operación de un sistema de transporte público para los usuarios, que insisto, son la mayoría.
Hay que respaldar las medidas que tiendan a organizar el trabajo de los informales. Pero hay que empezar por reconocer que decenas de ellos, en espacios reducidos y desorganizados, terminarán generando más problemas que soluciones.
ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor general de EL TIEMPO
@ernestocortes28
erncor@eltiempo.com







