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Economía & Cultura | El valor invisible: la emoción en la era de la soledad global
Una persona camina por la ciudad mirando su teléfono. No levanta la vista en el café donde se sienta, conversa mediante mensajes mientras evita el contacto con quienes están a su lado. A pocos metros, otra persona permanece en silencio, sin dispositivos, sin interlocutores, aislada por razones distintas. Ambas habitan el mismo espacio físico, pero viven en universos paralelos.
Esta escena cotidiana resume una transformación profunda: nunca habíamos estado tan conectados y, al mismo tiempo, tan solos. La economía contemporánea se celebra por su innovación tecnológica, inteligencia artificial y expansión digital. Sin embargo, debajo de esas métricas emerge una crisis menos visible: la erosión de los vínculos humanos.
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Hoy cada individuo gestiona su propio ecosistema emocional. Las plataformas digitales permiten construir identidades fragmentadas, comunidades personalizadas y realidades paralelas donde la conexión es constante pero el encuentro real se vuelve escaso.
Lucrecia Piedrahita, arquitecta y curadora de arte. Foto:Cortesía
Una crisis global silenciosa y estructural
Las cifras revelan la magnitud del fenómeno. Según la Organización Mundial de la Salud, cerca de una de cada seis personas en el mundo experimenta soledad, una condición asociada a riesgos significativos para la salud física y mental y vinculada a cientos de miles de muertes anuales. (OMS, Loneliness and social isolation as global health concerns). La soledad ya no se entiende como una experiencia privada, sino como un desafío estructural que afecta economías, sistemas de salud y cohesión social.
El Reino Unido fue pionero al reconocer esta crisis cuando en 2018 creó una estrategia nacional para combatir la soledad, popularmente conocida como el “ministerio de la soledad”. La iniciativa surgió tras identificar que millones de ciudadanos vivían en aislamiento frecuente y que este fenómeno generaba impactos económicos y sociales medibles. Desde entonces, políticas públicas han incorporado programas culturales, comunitarios y urbanos destinados a reconstruir redes sociales y fomentar encuentros presenciales.
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Otros países han seguido caminos similares. Japón ha nombrado responsables gubernamentales para abordar el aislamiento social; en Europa y América del Norte se desarrollan estrategias que combinan diseño urbano, participación cultural y programas comunitarios para contrarrestar la fragmentación social.
La soledad, ligada a riesgos de salud, ya es prioridad en políticas públicas globales. Foto:Archivo particular
Economía digital vs. fragmentación social
La pandemia aceleró una tendencia que ya estaba presente: la soledad se ha convertido en una cuestión política y económica.
El filósofo Byung-Chul Han ofrece una lectura incisiva de este momento. En su análisis de la sociedad del rendimiento describe cómo el individuo contemporáneo se transforma en empresario de sí mismo, obligado a producir identidad, visibilidad y éxito permanente. La conexión digital intensifica esta dinámica: el sujeto se expone constantemente mientras pierde profundidad relacional. La hipercomunicación no elimina la soledad; la transforma en una experiencia interiorizada.
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La economía digital ha convertido la atención en recurso central. Algoritmos diseñados para maximizar la interacción crean burbujas personalizadas que reducen el encuentro con la diferencia.
El espacio común se fragmenta en experiencias individuales optimizadas para cada usuario. La comunidad deja de ser un territorio compartido y se convierte en una interfaz. Esta transformación tiene consecuencias económicas concretas.
La economía digital convierte la atención en recurso y fragmenta la comunidad. Foto:iStock
Experiencias colectivas frente al aislamiento
El aislamiento social impacta productividad, salud pública y bienestar colectivo, generando costos significativos para los sistemas económicos, pero también revela una oportunidad emergente: la creciente necesidad de experiencias que reconstruyan conexión humana auténtica.
Aquí la cultura adquiere un papel estratégico. Festivales, arte, música, gastronomía y arquitectura y experiencias colectivas ofrecen algo que las plataformas digitales no pueden replicar completamente: presencia compartida. La emoción se convierte en infraestructura invisible capaz de crear vínculos, memoria colectiva y sentido de pertenencia. Las industrias culturales no solo generan valor simbólico; producen impacto económico precisamente porque responden a una demanda creciente de conexión real.
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La paradoja contemporánea es evidente. Cuanto más sofisticada se vuelve la tecnología, mayor es la necesidad de espacios donde las personas puedan encontrarse sin mediaciones.
La economía del futuro no dependerá únicamente de la innovación técnica, sino de la capacidad de reconstruir experiencias humanas significativas. Tal vez el desafío no sea crear más conexiones digitales, sino diseñar contextos donde la emoción vuelva a circular entre personas reales. Porque la crisis actual no es únicamente económica ni tecnológica. Es una crisis de relación. Y las sociedades que comprendan que la emoción es una infraestructura colectiva, y no un lujo privado, serán las que definan el futuro.
Lucrecia Piedrahita (*)
Arquitecta y curadora de arte.
