Economia
El emprendimiento femenino como motor de cambio

Bogotá se consolidó como epicentro emprendedor del país, pero ese dinamismo convive con realidades que rara vez aparecen en los rankings. Como resume Invest in Bogotá, “en 2022, el capital levantado por empresas de Bogotá Región representó el 91,2 por ciento del capital total levantado por los emprendimientos en el país”.
Esa cifra, celebrada por la industria, convive con otra historia: mujeres que sostienen hogares, lidian con brechas en educación y financiamiento, y cargan con labores de cuidado que reducen su tiempo disponible para formarse y vender. En ese terreno, el emprendimiento femenino opera a la vez como respuesta de urgencia y palanca de movilidad económica. Este artículo integra datos de fuentes oficiales y evidencia de campo para entender dónde están los muros y qué rutas están abriéndose paso en la capital.
El programa Avanzando Juntas Foto:Instagram: @uniandes
Jefatura femenina
La composición del hogar cambió y la economía lo siente. La Encuesta de Calidad de Vida 2024 del Dane dejó una frase contundente: “El porcentaje de hogares que reconocen como jefa a una mujer fue del 46,5 por ciento en 2024”. Cuando la responsabilidad económica del hogar recae con mayor frecuencia sobre mujeres, el ingreso del micronegocio deja de ser un complemento y se vuelve el pilar que paga arriendo, mercado y transporte. A ello se suma un sesgo persistente de pobreza con rostro de mujer. La Dian, citando al Dane, sintetizó así la brecha: “En 2021, por cada 100 hombres que vivían en hogares pobres había 117 mujeres”. Son datos que obligan a leer el emprendimiento femenino no como anécdota, sino como mecanismo de protección de ingresos cuando el mercado laboral formal no ofrece opciones compatibles con el cuidado.
En educación superior, el promedio luce bien, pero la realidad es desigual. Según el Ministerio de Educación, “las mujeres representan el 54,89 por ciento de los estudiantes universitarios”. El dato es una buena noticia, aunque el acceso y la calidad siguen distribuyéndose de manera inequitativa entre territorios; para muchas jóvenes, la distancia, el costo y el crédito son barreras que llegan antes que los cupos. En inclusión financiera ocurre algo similar: la Superintendencia Financiera reportó que el acceso a productos “llegó al 91 por ciento en el caso de mujeres”. Sin embargo, para los segmentos más vulnerables el crédito se mantiene lejano: se exigen ingresos formales, afiliaciones e historiales que no dialogan con la economía del día a día. La estadística dice ‘incluidas’; el mostrador dice ‘vuelva cuando cumpla requisitos’. Por eso, alternativas distritales y fintech que leen flujos de caja informales empiezan a cubrir un vacío que la banca tradicional no ha resuelto del todo.
El programa Avanzando Juntas Foto:Instagram: @uniandes
Micronegocios y mujeres
Mirando la base productiva de la ciudad, el peso de los micronegocios femeninos es innegable. EL TIEMPO recogió el dato de origen Dane con una frase clara: “El 34,8 por ciento de los 571.329 micronegocios de la capital […]pertenecen a mujeres”. Esa economía, a menudo sin formalización plena, cubre deudas reales y sostiene proyectos vitales, desde la alimentación hasta la educación de hijas e hijos. Las vitrinas públicas y las ferias locales no solo sirven para vender, son espacios de validación y aprendizaje donde se prueba precio, se entiende demanda y se construyen relaciones de confianza con clientela.
Frente a este panorama, el ecosistema bogotano viene moviéndose con mayor coordinación. Se combinan programas públicos con enfoque de género, vitrinas comerciales y alianzas con sector privado y organizaciones sociales. Desde Portal Bogotá se ha insistido en la escala de la estrategia de ferias y vitrinas: “Se ha logrado fortalecer a más de 126.000 emprendimientos”. Detrás de los números hay una idea que empieza a cuajar: sin tiempo y sin mercado, el aprendizaje técnico no se convierte en ingresos sostenibles. Por eso, varias iniciativas incorporan apoyo al cuidado, mentoría y acceso a rutas de comercialización, de modo que la formación no se quede en el aula.
Cantidad de micronegocios, según sexo del (de la) propietario (a) (en miles) Foto:Dane
Avanzando Juntas
En ese universo de ofertas, el programa Avanzando Juntas del Centro de Emprendimiento de la Universidad de los Andes aparece como una de las rutas que decidieron arrancar por el diagnóstico y quedarse en la práctica cotidiana. Los registros internos condensan el punto de partida en una línea: el diagnóstico del programa, basado en 173 visitas de campo, confirmó una realidad contundente. La línea de base fue honesta y precisa, a nivel estructural, el 94 por ciento lidera negocios informales y el 63 por ciento depende del emprendimiento para cubrir el arriendo. Ese reconocimiento permitió priorizar decisiones con impacto en caja: costeo real, fijación de precios sostenibles, formalización de catálogos y apertura de nuevos puntos de venta.
El reto es sostener lo que funciona sin perder el carácter personalizado que, a la luz de los datos, explica buena parte de los resultados
Hamilton López Caro y Carolina Rodríguez Ramírez
Investigadores
El método apostó por tres piezas que se refuerzan: formación aplicada, seguimiento cercano y confianza. Formación, para traducir conceptos de gestión en decisiones concretas sobre costos, propuesta de valor, abastecimiento, flujo de caja y ventas. Seguimiento, a través de mentorías uno a uno y un canal de soporte permanente para resolver cuellos de botella en tiempo real. Y confianza, para sostener hábitos comerciales, liderazgo, comunicación, manejo del tiempo, cuando la presión del día a día arrecia. En Avanzando Juntas el cambio no se promete, se estructura. El énfasis no está en el eslogan, sino en la práctica repetida hasta volverse hábito.
Los resultados son verificables en los frentes que más importan. El proceso ha vinculado a 191 emprendedoras en Bogotá y 108 culminaron su ruta formativa con certificación tras superar hitos técnicos y comerciales.
El programa Avanzando Juntas Foto:Instagram: @uniandes
Según María del Pilar Gómez Ruiz, una de las emprendedoras beneficiarias del programa: “Bajo todo pronóstico avanzamos, no escuchamos las palabras que intentan marcarnos, ‘eso no va a funcionar’, ‘usted no puede’ ’’. Por el contrario,esas voces fortalecen nuestro carácter y seguridad, porque sabemos hacia dónde vamos. Hoy podemos decir que Dios nos respaldó cada paso y abrió caminos donde no los veíamos”.
Se han realizado más de 420 mentorías personalizadas, y las participantes reportaron 181 empleos generados. Más que totales, la evidencia muestra escenas que se repiten: dejar de vender por debajo del punto de equilibrio, estandarizar precios para proteger margen, mejorar empaque y exhibición, y activar canales digitales básicos con cotización por escrito y tiempos de entrega pactados. Cuando el precio cubre costos y una utilidad, la caja deja de depender de descuentos improvisados.
Las alianzas fueron el combustible para convertir aprendizaje en mercado. Entidades públicas sensibilizaron en formalización y derechos del consumidor; actores privados abrieron vitrinas sectoriales y organizaciones locales ayudaron a aterrizar el modelo. Ese engranaje evitó que la formación quedara en el aula. Las emprendedoras pasaron del “saber” al “hacer” y del “hacer” al “sostener”, con ventas mejor defendidas y relaciones comerciales más claras. La comunidad entre pares, referidos, compras conjuntas, bancos de prueba para ajustar argumentos de valor funcionó como red de estabilidad.
La experiencia deja aprendizajes útiles. Si la base es informal y el ingreso del negocio paga vivienda, la prioridad es separar finanzas del hogar y del negocio, fijar precios que reconozcan el trabajo y asegurar rutas de mercado con reglas mínimas. En crédito, la clave es leer flujos informales con metodologías acordes y reducir requisitos que expulsan a la población objetivo. También hace falta medir acceso efectivo, no solo tenencia de productos, y consolidar mesas de coordinación que eviten duplicidades y fijen métricas comparables para seguimiento ciudadano.
El programa Avanzando Juntas Foto:Instagram: @uniandes
Protegiendo ingresos
Mirado en conjunto, el panorama de Bogotá es menos complaciente y más útil. Sí, la ciudad atrae inversión y crea empresa. Sí, hay avances en matrícula femenina y bancarización. Pero justo donde esas curvas no llegan (hogares con jefatura femenina, ingresos inestables, educación de calidad distante y costos de formalización elevados), el emprendimiento actúa como derecho y realidad: protege ingresos hoy y abre movilidad mañana. Ahí encaja Avanzando Juntas como una respuesta entre varias: diagnosticar, formar, acompañar y abrir mercado. Su valor está en hábitos verificados que mejoran caja, ordenan crecimiento y reducen tropiezos. El reto es sostener lo que funciona sin perder el carácter personalizado que, a la luz de los datos, explica buena parte de los resultados. Para una ciudad que busca crecimiento con equidad, este no es un tema de inspiración, sino de evidencia y de política pública concreta.
(*) Director y gestor de relacionamiento del Centro de Emprendimiento de la Universidad de los Andes.







