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El síndrome del ‘burnout’ ciclístico

La noticia vino de sopetón: Simon Yates, ciclista británico de 33 años y actual campeón del Giro de Italia, dijo ‘no más’ y anunció su retiro mediante un comunicado en el que se refirió a la paz interior que sintió al dar el paso.
Nadie lo esperaba, mucho menos su equipo, el poderoso Visma, que se declaró desconcertado, pues lo tenía como uno de sus alfiles para una temporada en la que le apuntan a llevarse por lo menos una de las tres grandes (Giro de Italia, Tour de Francia, Vuelta a España), si no las tres, como ya lo hicieron en 2023.
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Yates no es el primer ciclista top que de manera sorpresiva se revienta. En agosto de 2022, Tom Dumoulin, el neerlandés que en 2017 le arrebató el título del Giro en la contrarreloj final a Nairo Quintana, también optó por el retiro. “No sentía que era el jefe de mi propia carrera. Mi equipo, mis patrocinadores, los medios, los aficionados… todos querían algo de mí, pero nadie me preguntaba: ‘Tom, ¿qué quieres tú?’”, declaró al medio especializado Cyclinguptodate el pasado noviembre.
En 1947 se creó la competencia. Foto:iStock
Hace un año, por esta misma época, el talentoso embalador australiano Caleb Ewan colgó de repente la bici, no obstante estar estrenando un contrato con el también poderoso Ineos de Egan Bernal. Ya se habla del síndrome del burnout ciclístico. Todos coinciden en que la magia se acaba, desaparecen las ganas de madrugar a entrenar, las victorias no saben a nada, como sugirió el propio Ewan.
Se van de un ciclismo que hoy es menos humano. Tras su retiro, este sí anunciado, Rigoberto Urán ha dicho que hoy es muy difícil disfrutar de este deporte cuando se está en lo más alto. Muy lejos están los días de etapas de puro trámite, con momentos para confraternizar en el lote. Hoy todos van con el cuchillo entre los dientes. Qué bueno sería conocer cuántos pedalistas profesionales más, pero de menor perfil, se han visto en el mismo lugar tomando también la decisión de poner ‘pie a tierra’ sin que trascienda el verdadero motivo.
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Lo que moldea esta nueva realidad no es ningún misterio: la vida de los profesionales está cada vez más bajo la tiranía de la data, sin descanso posible, 24/7. Cada gramo de comida, cada segundo de sueño, cada latido, todo es medido y procesado para alimentar los algoritmos que pretenden que cada deportista rinda no el 101, sino el 120 o el 150 por ciento. La unidad de medida aquí, para los no entendidos, son los vatios, todo se construye para exprimir el vatio de potencia que marque la diferencia, ¿pero a qué precio?
Para este propósito, son más idóneos los cuerpos jóvenes. Si antes un ciclista alcanzaba su madurez a los 28 y su permanencia en la élite se prolongaba hasta los 40 o más, hoy los equipos de élite buscan talentos entre los niños de 15 y 16 para llevarlos a pelear grandes vueltas a los 20. En consecuencia, a los 27, muchos que en su momento pintaban para ser superestrellas ya se sienten relegados, sin más opción que asegurarse un buen contrato como supergregarios de una estrella joven que descuella.
Un gran fondo en Bogotá. Foto:Archivo particular
La dictadura de las cifras
Un hito fundamental para entender el rumbo que tomó el ciclismo fue el encierro de la pandemia por covid-19. Este trajo consigo un auge de la práctica bajo techo de este deporte, guiada por simuladores en red, algo que a su vez permitió que los datos de todas las personas que practican ciclismo en el planeta, a cualquier nivel, se recopilaran y quedaran al alcance de los buscatalentos y de quienes, desde la ciencia, buscan cómo correr la cerca de los límites biológicos.
Si ya antes de la pandemia los vatios mandaban en la preparación de los profesionales, al volver del encierro, dicho gobierno se convirtió en dictadura: ciclista que no esté dispuesto a que sus cifras determinen su preparación, su estrategia en carrera y, de contera, su estilo de vida, no tiene un lugar bajo la carpa del World Tour, la primera división del deporte. Más de un escarabajo que en Colombia mostró talento y condiciones tuvo que devolverse de Europa por no adaptarse a esta nueva realidad.
8 ciclistas fallecidos. El número de pedalistas que han perdido la vida en pruebas UCI en la última década.
Existe otro factor clave: la disposición a arriesgar en descensos y en definiciones de etapas al embalaje no parece tener fin. Una situación que supone un riesgo inmenso de sufrir accidentes, incluso mortales, de la que se vienen quejando quienes llevan más tiempo en el pelotón, se baja a tumba abierta. La estadística sobre este tema muestra que ocho ciclistas –siete hombres y una mujer– murieron en la última década en carretera (durante pruebas del calendario de la Unión Ciclista Internacional-UCI) tras accidentes ligados a la alta velocidad con la que se competía. ¿La misma cifra para el periodo anterior? Uno: Wouter Weylandt en el Giro de 2011.
Vuelta a Burgos Foto:EFE
Y es que una cosa es el cerebro humano a los 20, cuando las partes del cerebro encargadas de evaluar, anticipar y sopesar los riesgos vitales no han terminado de madurar, y otra muy diferente a los 35 y más, cuando se tienen –como suele ocurrir– infantes esperando el regreso del padre en el hogar.
Es así como la avidez de los equipos, comprensible a la luz de la necesidad de los patrocinadores de maximizar el retorno de su inversión, se traduce en estos regímenes estrictos y agobiantes para los deportistas, cuyo rigor se ha disparado debido a las nuevas herramientas disponibles, que acogen con entusiasmo los talentos más jóvenes que traen consigo una formación altamente competitiva inculcada desde la cuna, pero que no es eterna. Llega un punto en que se revienta, como estamos viendo, y entonces vienen la oscuridad y el descarte.
Paradójicamente, esta combinación de ingredientes no ha sido una receta que mejore la calidad del producto, trayendo más espectáculo para deleite de los fanáticos. Sucede que así como se tensa el ambiente y se corre a tope cada segundo, las estrategias de los equipos tienden más a cuidar lo ganado que a arriesgar por un botín mayor. Esto, en parte, por el formato de ascenso-descenso que la Unión Ciclista Internacional implementó a partir de 2022. Desde entonces, cada tres años se hace un corte de cuentas y las dos escuadras con menor puntaje caen a la segunda división, perdiendo así el derecho a estar en las principales carreras del calendario, las que más seducen a las empresas que ponen la plata.
Por eso parecen fundados los reclamos de los románticos del deporte que añoran los días en los que los ciclistas, sin pinganillo –el audífono por el que el técnico da las órdenes– funcionaban en carrera al compás de su adrenalina y lactato, no de su computador o del ‘puestómetro’, como se conoce a las cuentas que hacen en el carro acompañante de los puntos UCI que se van atesorando y que limitan cada vez más la posibilidad de ataques inesperados, de movidas tácticas sorpresivas y, ante todo, emocionantes.
No debe sorprender entonces que en un contexto de presión extrema y por momentos brutal como este, la cuerda se reviente por lo humano, por las emociones. Estallidos que recuerdan que sí existen límites –sean físicos, biológicos o espirituales– al afán desmedido de lucro, a la competitividad desaforada, situación comparable con los fenómenos climáticos extremos con los que el planeta nos recuerda básicamente lo mismo. Tal nivel de presión en un contexto cada vez más hostil y menos humano es muy difícil de gestionar por jóvenes que no han salido aún de la adolescencia, y que al llegar al paraíso con el que soñaron desde muy temprana edad, tiene más visos de purgatorio.
En el otro extremo, como pasó con Yates, los veteranos, desde su sabiduría acumulada, deciden que lo que están poniendo en juego no lo compensa el salario o el reconocimiento que reciben por sus logros en las carreteras.
Ciclismo Foto:EFE Y AFP
Tema para otro artículo es este mismo problema en otros deportes. En el fútbol, por ejemplo, los equipos de las ligas europeas más poderosas comienzan a prestarle atención al bienestar integral de los jóvenes que están formando, en particular a la salud mental de quienes se quedan en el camino y no logran debutar en primera. En el balompié también vienen aflorando testimonios anónimos de futbolistas que se sienten sobrepasados por este nuevo contexto de mayor exigencia y mucho, mucho menos goce.
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Desde luego, la presión en el deporte de alto rendimiento, y más si es profesional, siempre ha existido; en otros momentos de la historia estuvo además motivada por la política. Recordemos los infiernos que habitaron los jóvenes deportistas reclutados por los países de la cortina de hierro.
Lo nuevo aquí es que la ciencia se está poniendo al servicio no de lo lúdico, no del juego, no al servicio de lo humano y de la cultura, sino de la dimensión económica de la actividad física, afectando terrenos que antes no solo estaban a salvo, sino que eran los responsables de darle al deporte su encanto. Se trata de equilibrar competencia y afán de lucro (pilares indiscutibles del deporte profesional) con pasión y humanidad.
FEDERICO ARANGO – EDITOR DE OPINIÓN DE EL TIEMPO







