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Enero y la incógnita del principio (y qué tiene eso que ver con el filme ‘Doce hombres sin piedad’)

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Todo comienzo de camino está teñido por el color de lo desconocido. Quien más y quien menos se ha hecho propuestas para el nuevo año. Comprarse un coche nuevo, reducir la hipoteca un poco, volver a intentar bajar ese par de kilos que se han quedado como okupas… Y vale, está muy bien, pero ¿y si el año tiene también sus planes? Porque esto es como el pasajero miedoso que va a viajar en avión y mira su horóscopo pero se olvida de mirar el del piloto.

Ante nosotros existen sin existir doce meses. Cada uno con su personalidad y quién sabe si con sus designios. ¿Puede una decisión o una idea tomada en un mes cambiar el comportamiento del resto.

Y enero, maravilla entre las maravillas (con permiso de los otros once) es el mes de Jano (los angloparlantes, por poner un ejemplo, afinan más y lo llaman january.). Era –o es– el dios romano de las puertas, de los umbrales, del comienzo y el final, el que da la entrada al nuevo año y la salida al anterior. Un dios bicéfalo que mira al pasado con cara de viejo y al futuro con cara de joven. Un dios protector cuyos templos quedaban cerrados en época de paz y abiertos en época de guerra para que saliera de ahí y protegiera la ciudad. A la par era una deidad que auguraba buenos finales (no es un mal comienzo).

Y maravilla entre las maravillas (con permiso de Alicia), la película 12 hombres sin piedad (cuyo título original en inglés es 12 angry men, que sería algo así como doce hombres enfadados –no confundir con una más actual que tiene como protagonistas a pájaros–) es una cinta que tiene no solo una perfecta dirección, sino que también lo son guion, iluminación, realización y algún otro “ión” que se nos quede colgado.

Desarrollando la trama

No se trata de una película al uso. Para empezar, se desarrolla en un único escenario (una sala de deliberación de un juzgado norteamericano, razón por la cual se ha llevado al teatro en varias ocasiones, aunque originalmente fuera escrita para televisión) y carece de escenas de acción. Nadie lleva coches a gran velocidad haciendo volar por los aires todos los cubos de basura que encuentra a su paso, no hay disparos, no aparecen marcianos… Es más, dada la época en la que se rodó, ni siquiera aparecen mujeres. En aquellos tiempos, los jurados populares estaban compuestos únicamente por hombres, lo mismo que la mayoría de las instituciones que regían las vidas de todos los ciudadanos, incluyendo a las silenciadas mujeres. Eso de que “las mujeres sostienen la mitad del cielo”, que decía un tal Mao Zedong, al parecer pillaba muy lejos del terrenal jurado.

Pero aquí lo que cuenta es que todos los miembros de dicho jurado están convencidos de que el culpable es… culpable. Once votos a favor de la pena capital. Pero un maravilloso Henry Fonda no lo tiene claro. No dice que sea inocente, sino que hay algo que no le cuadra. Obviamente se gana desde el principio la antipatía de los demás miembros que pretendían una deliberación rápida: se le mata y punto, algo habrá hecho. Y si encima el acusado es un pobre marginado de piel un poco más oscura, es decir, alguien poco de fiar para buena parte de la sociedad norteamericana de entonces, pues tenía en gran medida las cartas echadas de antemano.

Los personajes de la sala se van retratando poco a poco. Un homeópata podría encontrar personalidades como Nux Vomica, Silicea, Phosphorus e incluso un curioso Natrum Muriaticum (hale, a mirar Las personalidades homeopáticas del Dr. Mario Draiman para encontrar las relaciones). Y alguien que se haya leído Los animales que somos de Kósima Kosmo verá un par de perros, una tortuga e incluso un ratón.

Henry Fonda en ’12 hombres sin piedad’.

Pero más allá de esos datos más o menos frikis, nos encontramos cara a cara con algo que tenemos la costumbre de hacer todos los días, varias veces y sin compasión: juzgar. Y además juzgar sin saber, que es lo habitual, porque quien sabe no juzga.

Pero ahí entra Fonda, a quien, al igual que al resto de los participantes en el jurado, solo se le conoce por el número, que en su caso es el ocho.

Y puede ser casual o puede que no, pero es quien tiene una infinita paciencia y una infinita intención de llegar a la verdad y no condenar a muerte alegremente a alguien. Curiosos infinitos para un número con forma de infinito. Y es que alguien como el autor de la obra original y guionista de la película, Reginald Rose, no podía, seguramente, desconocer la compleja simbología del número en cuestión. El número del equilibrio cósmico, el “noble óctuple sendero” para los budistas, los trigramas del I Ching, el valor de mediación entre el cuadrado y el círculo o el mismísimo número mágico de Hermes, el dios griego mediador y de la comunicación. Porque eso es, precisamente, lo que representa nuestro jurado número 8, el sentido común, el equilibrio, la visión desapasionada, serena y altruista, de lo que acontece en el seno de los debates a los que el propio jurado se ve sometido. Teniendo en cuenta que, además, su profesión es la de arquitecto, es decir, alguien que conoce las leyes de la construcción. Otra cosa es que nuestro admiradísimo Fonda ejerciera siempre en su vida privada de esa misma ecuanimidad que hace gala en la película. Su hija Jane tendría seguramente alguna opinión al respecto.

Poco a poco, y siempre partiendo de dudas, va llegando a certezas y haciendo que el resto de “hombres sin piedad” empiecen por sí mismos a tener esas mismas dudas y vayan cambiando paulatinamente sus votos de culpable a inocente o, dicho en el argot anglosajón, not guilty.

De hecho, hay una interesante y curiosa escena en la que se da por culpable al acusado usando como prueba una navaja, al parecer, difícil de conseguir. El número 8 da una vuelta a la escena sacando otra exactamente igual de su bolsillo y clavándola en la mesa junto a la “original”. Si bien en ciertos momentos de la cinta Fonda parece utilizar actitudes propias de Sherlock Holmes (como cuando mide el tiempo recorrido por el anciano que ha declarado en el juicio), en este caso pone sobre la mesa –nunca mejor dicho– una nueva navaja de Ockham en contraposición de la que se ha presentado en la vista. Es decir, eso de que “en igualdad de condiciones la explicación más simple suele ser la más probable”, muy usada por el propio Holmes, se da en casos sencillos y no cuando las variables se cruzan, cuando los coches van a mucha velocidad, cuando los meses están compuestos de muchos segundos. Una navaja puede dar la vuelta a la otra. O sea, la vida misma, en la que nunca hay “igualdad de condiciones”.

Cubierta del libro ‘Sobre cosas que se ven en el cine’.

Esta escena, de hecho, marca el final del primer acto. La posibilidad real de que el arma con la que el acusado debía haber cometido el crimen no sea el arma verdadera. Aquí el número 8 da en el clavo, nunca mejor dicho, y la trama se adentra en un nuevo escenario, como si de una pequeña catarsis se tratara, donde todas las opciones están abiertas.

Y volviendo al tema de juzgar, ¿cuántas veces hemos dictado sentencia sobre una persona sin conocer en profundidad los condicionamientos que le han llevado a realizar tal o cual acción? ¿Nos hemos parado a pensar que si hubiéramos estado en sus zapatos educativos, culturales o emocionales podríamos haber llegado a hacer lo mismo? ¿No hacemos eso de manera habitual? Incluso, en el caso de la película que nos atañe, resulta que el condenado es inocente. Y es curioso, porque si bien queda patente su inocencia, la película no entra en quién es realmente el culpable (que lo investigue la policía). Sencillamente nos da esa lección, no la de encontrar un culpable (para eso hay muchas películas y muchas series).

Pero también nos habla de las pretensiones que tenemos y de cómo pueden cambiar con el paso del tiempo y las circunstancias. Porque (el que no, que tire la primera piedra, pero que apunte a otro lado) todos nos hemos hecho proposiciones de principio de año. Es como si estuviéramos juzgando al año que acaba de nacer con unos deseos nuestros que ignoramos si van a ser los mismos con el paso de los días. Y corremos el peligro de mantenerlos en la estaticidad. Vamos a querer las mismas cosas en enero que en julio. Pasamos por alto las radiaciones solares, las reacciones hormonales al respecto de los ritmos anuales, las cosas que nos hayan pasado o dejado de pasar… queremos algo y punto.

Pero el tempus sacrum está ahí, y hay “doce meses con piedad” que, con el alma biorrítmica del número ocho, nos van a ir moldeando, convenciendo en algunas cosas, provocándonos resistencia (inútil, todo sea dicho) en otras. Y si lo miramos bien, nos están haciendo crecer. Evolucionar desde la seguridad a la duda, como decía Heráclito, “haciendo más grandes los límites de nuestra ignorancia” (ahora a investigar sobre Heráclito para entender la frasecita).

Hay “doce meses con piedad” que, con el alma biorrítmica del número ocho, nos van a ir moldeando

Porque es cierto que las personas somos los únicos estados vivos en el planeta que podemos influir intencionadamente sobre nuestro futuro. De alguna forma podemos manejarlo. Planeamos unas vacaciones, el fin de semana queremos ir a ver a la tía Manuela al pueblo o, como uno de los personajes de la cinta, tenemos entradas para un partido.

Pero desconocemos los ritmos sagrados, las intenciones de dichos ritmos y aún más sus consecuencias y los cambios en el camino que nos van a provocar.

¿Quiere decir eso que hay que sentarse en la butaca y dejar la vida pasar porque al fin y al cabo va a pasar igual? Buena pregunta. Quizá sí. Quizá el dios del destino se las hubiera apañado para que el presunto culpable de la película se librara de la pena de muerte con un deus ex machina, pero los hombres sin piedad hubieran seguido sin piedad, duros, convencidos de que su equivocada opinión era la buena, la correcta y la justa. Y para ello y por ello se necesitó ese proceso.

Pues nos queda un año por delante. La función acaba de empezar. Una nueva renovación espera a que nos levantemos del sillón. El futuro nos mira con picardía. Guiñémosle un ojo.

El libro y los autores

Sobre cosas que se ven en el cine (en 12 tiempos) es un curioso ensayo publicado por Ediciones Ruser que propone una lectura del tiempo a través del análisis de 12 películas. Por ello los autores plantean un método de lectura distinto al habitual. El año se transforma en un calendario vacío que puede empezar en cualquier mes hasta cerrar el círculo del tiempo. Se acompañan de capítulos que pueden ser leídos en cualquier momento sin necesidad de cabalgar en el carro tirado por los doce caballos.

El primer capítulo, el correspondiente al mes de enero y que publica El Confidencial, está dedicado a analizar la película 12 hombres sin piedad‘. Diciembre se centra en el clásico navideño por excelencia Qué bello es vivir. Y, entre medias, otros diez meses y otras diez películas diseccionadas por Rafael Sánchez (naturópata, escritor y dibujante), Eduardo Zaramella (escritor y guionista) y Sherezada Zaramella (filóloga y traductora, estudiosa de mitología e idiomas antiguos). 

Por cierto, el acusado, un joven de 18 años (justo la mayoría de edad legal), que solamente sale en una escena al principio de la película con cara de “de esta no me libran ni todos los superhéroes de Marvel”, no es el único que “renace” después de que cada personaje/mes haya cumplido su misión, sino que los propios personajes/meses también han evolucionado, se han acercado un poco más a su luz, han renacido. Ellos no serán los mismos tras lo sucedido. Los meses del próximo año tampoco.

En definitiva, el mundo ordinario al que todos y cada miembro del jurado regresa, tras el viaje iniciático recorrido en ese particular “viaje heroico”, desde que se produce la “llamada de la aventura” (el momento en que son convocados a decidir si un ser humano debe vivir o morir), ya no es el mismo de antes, puesto que todos han cambiado y, de una manera u otra, se han transformado.

Vamos a la simbología

Todo ello queda reflejado en un guion repleto de símbolos. Echemos un momento un vistazo.

La primera imagen es un Tribunal de Justicia, pero podría ser un Templo (como mencionaremos más adelante), con sus dos columnas bien marcadas y sus escaleras de acceso –muchas escaleras– hacia el interior del recinto sagrado donde se juzgan las acciones de los hombres. Y la sala en la que se lleva a cabo la vista es la 228, que sumados, dan 12.

A continuación aparecen el juez y el jurado. Se expone el caso y se retiran a deliberar, no sin antes mostrarnos el único plano en el que aparece el acusado en toda la película, como para hacernos partícipes de lo que va a ocurrir, como para convertirnos a nosotros también en jurado.

Los títulos de crédito se superponen a la sala vacía en la que se van a reunir nuestros 12 hombres para deliberar.

Una vez terminados los títulos, los personajes van entrando uno a uno en la sala y se quitan la chaqueta, se quitan su disfraz. De alguna manera, para tomar una decisión de ese tipo tiene que desaparecer su ego. En ese momento dejan de tener nombre para convertirse en números. La puerta de la sala se cierra. Ya no podrán salir hasta que tomen una decisión, que además tiene que ser unánime. Tienen que estar todos de acuerdo con el veredicto.

Los personajes van entrando uno a uno en la sala y se quitan la chaqueta, se quitan su disfraz. Dejan de tener nombre para convertirse en números.

Lo primero que perciben es el calor. Es el día más caluroso del año. Y para colmo de males el ventilador está atascado y no funciona. Precisamente el calor va a ser uno de los personajes de la película: el calor (y no solo el físico, ya que en algunos momentos la vertiente psicológica y emocional también va a sentir que el ventilador está atascado), la falta de aire, la atmósfera agobiante, el sudor, la incomodidad. Sin duda reflejo de lo que va a ocurrir en esa sala.

Los miembros del jurado de ’12 hombres sin piedad’.

Se produce una primera votación: 11 votos a favor de la culpabilidad y 1 voto en contra. Y ya hemos mencionado que la decisión tiene que tomarse por unanimidad. Solo hay una persona que ha votado en contra, curiosamente una que va vestida de blanco, a quien la cámara dedica durante toda la película una luz especial y cuya mirada la traspasa y nos traspasa en más de una ocasión. ¿Por qué votar en contra en un caso tan claro como este? Le preguntan todos angustiados. La respuesta del hombre vestido de blanco con corbata negra es clara: no lo sabe. Lo único que sabe es que no puede mandar a la muerte a una persona sin haber antes debatido y estudiado el tema. Y lo deja bien claro: lo que está en juego es la vida de un ser humano.

Y ahí empieza la catarsis en cada uno de los miembros del jurado, a los que este hombre con su traje de luces, Fonda –a quien, como hemos visto, el destino otorga el número 8 no por casualidad– va convenciendo a todos sus “apóstoles”, cada uno de ellos encarnación de un número, sencillamente mediante la palabra, es decir, mediante “parábolas”. Quizás mostrándoles otra realidad.

N. 8 solicita otra votación: 2 votos a favor y 10 en contra. El “efecto parábola” empieza a funcionar. ¿Quién ha votado en contra? N. 9, el anciano. El primer “convertido” es precisamente el más anciano del grupo, que a partir de ese momento recupera su memoria antigua y se erige en lo que debiera ser un anciano: un Sabio. Esto coincide con el primer punto de giro: único momento en que Fonda sale de la sala y va al baño a refrescarse. Y otros le siguen. Un guiño sin duda a lo que ocurrirá después. No olvidemos que en la sala, por el momento, la única agua que hay es la del sudor que corre en abundancia por los cuerpos de los “apóstoles”.

Llegamos a 4 votos en contra y 8 votos a favor. Y se produce un claro aviso en el guion de que algo va a cambiar: se avecina una tormenta. Quizás ahora puedan respirar… o quizás respiren aún peor. El momento antes de la tormenta suele ser bastante más difícil que la propia tormenta o incluso que el calor. Porque es en este punto donde se produce precisamente el “punto de crisis” del jurado, cuando todo empieza a tambalearse. Las supuestas certezas de antes se derrumban, el cambio se avecina, y justo inmediatamente después lo hace el N. 3, el verdadero “antagonista”, cuando amenaza a nuestro impertérrito Fonda, el 8 infinito, con nada más y nada menos que la muerte. “¡Le mataré!”, grita, dejándose llevar por un arrebato de ira y perdiendo absolutamente el control de sí mismo, como preludio de lo que será su propia catarsis al final de la película, cuando su decisión de condena al chico fue, entre otras cosas, porque alguien le escuchó decir esa misma frase. Y es que es mejor no escupir contra el viento.

Llegamos al empate: 6 votos en contra y 6 votos a favor. Y entonces estalla la tormenta. ¡Por fin el agua! Aparece el agua, siempre aportando nuevas posibilidades, nuevas memorias. Y ¡oh milagro! He aquí que el ventilador empieza a funcionar. El aire empieza a correr, y por lo tanto hay 6 personas que empiezan ya a respirar de otra manera.

Cartel de ’12 hombres sin piedad’.

Y de nuevo vemos un “enfrentamiento” entre dos tipos de equilibrio. Si antes sucedió con las dos navajas de Ockham, ahora se enfrentan dos números 6. Curioso, el número asociado al Diablo por antonomasia. ¿Se enfrenta el Diablo a sí mismo y a otra oportunidad de ver las cosas? ¿Algo equilibrado en un principio hacia un lado necesita que el Diablo aparezca encarándose a sí mismo para darle la vuelta a la situación?

Nuevo punto de giro. Se produce la confrontación: 2 puñales, 2 posibilidades de una misma realidad, anunciando sin duda el choque final entre N. 8 y N. 3. Este último soporta durante toda la película el papel más duro, es el claro antagonista de N. 8. ¿Cuál es su carga? La ausencia de su hijo, a quien no ve desde hace dos años y de la que se siente ahora culpable. Demasiado tarde, quizá.

Nueva votación: 9 votos en contra y 3 votos a favor. Los recién nacidos, los 9, dan la espalda a los 3 que quedan aún por nacer, como si ese nacimiento fuera el más difícil y fuera necesario concederles un espacio reservado para que tenga lugar.

Y aquí es donde precisamente finaliza el segundo Acto, cual si de una tragedia griega se tratase, cuando uno de esos tres jurados aún no nacidos, el N. 10 concretamente, desata toda su rabia y su ira hacia el acusado esgrimiendo el único argumento que conoce y le es familiar, el del más puro racismo. En ese momento todos los demás le dan la espalda, excepto N. 4, que aun estando a favor de la culpabilidad, le mira a la cara y le espeta de manera contundente: “Siéntese, y no vuelva a hablar”.

Aparece de forma clara, aún más si cabe, el concepto de “duda razonable”, cuyo efecto es descargar el peso de la culpa y azuzar la llama de la responsabilidad. Empiezan los que dudan a dejar de dudar. Incluso uno de los convencidos de la culpabilidad del acusado, el citado N. 4, por un guiño genial del guión, tiene que quitarse las gafas para poder ver lo que realmente ocurre. Y cambia su voto.

Hay que hacer notar que en todo el debate de lo que se trata es de encontrar “la verdad”, es decir, la culpabilidad o no del acusado. En cierto momento se ponen en cuestión las propias contradicciones del acusado, sobre si dijo una cosa en la primera declaración a la policía respecto a lo que declaró horas después, como si eso pudiera ser una prueba de su culpabilidad. Pero es que, como recuerda el siempre ecuánime N. 8, lo que diga el reo ni siquiera es lo más importante, en comparación sobre algo que está por encima de sus propias declaraciones, es decir, la verdad de lo sucedido.

Aunque el acusado se incriminase a sí mismo, no sería suficiente. “Lo dice la Constitución”, sentencia N. 8, y aquí aparece otro elemento simbólico, la Constitución como conjunto de “normas sagradas”, que todos deben asumir y que todos respetan, sin distinción de las opiniones de cada miembro del jurado. No olvidemos que la Constitución de los Estados Unidos de América es una de las primeras que aparecen en el mundo, elaborada por un conjunto de personas que daban gran importancia a la simbología dada su adscripción masónica. De alguna manera, esta sala del jurado podría ser una analogía (sí, quizá se nos vaya la olla, pero ahí lo dejamos) de la House of the Temple, la Casa del Templo (en alusión a los Templarios con los que alguna relación tuvieron los masones), sede del Consejo Supremo (o Consejo Madre del Mundo, para más inri) de los Caballeros Comandantes de la francmasonería, que enlaza con las raíces más antiguas y simbólicas del nacimiento de esa nación. Y tampoco olvidemos que quien menciona la Constitución como ese principio sagrado es N. 8, precisamente el Arquitecto, símbolo del alma suprema y principio creador para dicha hermandad, representado por el compás y la escuadra.

Lee J. Cobb interpretando al jurado número 3 de ’12 hombres sin piedad’.

Y acabamos, cómo no, en el enfrentamiento final: 11 votos en contra y 1 voto a favor. El inevitable choque anteriormente anunciado por los dos puñales. Ahora N. 8 y N. 3 se muestran como lo que son: dos espejos cara a cara (no digáis que a ninguno se le ha pasado por la cabeza que, gráficamente, el 3 es la mitad del 8). Y se revela el motivo del enconamiento de N. 3 contra el acusado: a quien N. 3 está juzgando es a su propio hijo, a quien quiere condenar a muerte es a su propio hijo. Y solo cuando consigue matarlo, cuando rasga su foto y llora, se libera de su carga y acepta su responsabilidad. Ya no es necesaria una nueva votación. El jurado se levanta y se vuelve a colocar su disfraz, sus chaquetas, y salen de la sala uno a uno.

El último es, cómo no, N. 8, el Infinito, que se pone su chaqueta de Ángel Blanco y le lleva al Ángel Negro su chaqueta negra ofreciéndole la redención. El Ángel Negro acepta el gesto en paz, se levanta y… N. 8 le espera para dejarle salir antes, mostrando un respeto casi reverencial. Sabe que el proceso más difícil ha tenido lugar en ese Ángel Negro, en ese ángel caído, en ese Lucifer, y le reconoce el valor de su acción: ni más ni menos que salvar a toda la Humanidad aportando Luz al Hierro.

Última toma: N. 8 sale del Templo. Se encuentra con el anciano, con N. 9. En ese momento dejan de ser números para convertirse en personas. Recuperan su nombre, recuperan su identidad. Fonda baja las escaleras y el mundo puede seguir funcionando como si nada hubiera ocurrido en esa pequeña sala.

Como si nada hubiera ocurrido, aunque en realidad, haya ocurrido todo.

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