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Colombia

La paradoja silenciosa: mujeres dominan las aulas de justicia pero quedan fuera de las decisiones que importan

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mujeres en justicia

Existe una contradicción profunda en los sistemas de justicia latinoamericanos que sigue sin resolverse: mientras las mujeres en justicia conforman la mayoría de los profesionales que alimentan estos organismos, permanecen notoriamente ausentes en los espacios donde se toman las decisiones verdaderamente significativas. Este fenómeno, lejos de ser anecdótico, representa uno de los obstáculos más persistentes en la búsqueda de igualdad dentro del poder judicial de la región.

Un informe reciente de la más alta corte de justicia ha puesto números a lo que muchas ya sabían por experiencia personal: mientras las mujeres constituyen la mayor parte de quienes ingresan a carreras jurídicas y trabajan en los tribunales, apenas el 31 por ciento logra acceder a los puestos de mayor autoridad y responsabilidad. La cifra no es simplemente un dato estadístico—es evidencia de un sistema que absorbe el talento femenino en sus capas inferiores pero mantiene cerradas las puertas del liderazgo.

El techo invisible que nadie quiere nombrar

Las juezas y magistradas que han trabajado durante años en los juzgados han documentado patrones repetitivos que explican esta realidad. El ascenso en la carrera judicial no ocurre por meritocracia pura, sino por una combinación de factores donde la visibilidad, las redes de influencia y, tristemente, el género siguen jugando papeles determinantes.

Lo preocupante es que este problema no es exclusivo de un país o una institución. Desde Buenos Aires hasta Bogotá, desde Lima hasta Caracas, los sistemas judiciales enfrentan el mismo dilema: cientos de abogadas y juezas que cumplen sus funciones con excelencia, que estudian igual que sus colegas varones, que tienen expedientes y antecedentes impecables, pero que llegan a cierto punto en sus carreras donde el progreso se detiene. No hay una puerta que se cierre audiblemente, sino más bien una serie de barreras sutiles que se acumulan.

Las responsabilidades del cuidado, las expectativas sociales sobre cómo deben comportarse las mujeres profesionales, y la falta de políticas institucionales que promuevan la diversidad en posiciones de liderazgo son solo algunos de los factores que perpetúan este círculo vicioso. Una magistrada con dos décadas de experiencia puede ver cómo sus compañeros hombres con similares trayectorias avanzan más rápidamente hacia posiciones en cortes superiores.

Cuando la mayoría numérica no garantiza poder real

Lo que hace especialmente irónico este escenario es que las mujeres en justicia representan el grueso de la fuerza de trabajo judicial en muchos países latinoamericanos. Son mayoría en las universidades de derecho, en los juzgados de primera instancia, en los equipos de investigación y apoyo. Sin embargo, esta mayoría no se traduce en representación proporcional en los órganos de decisión.

Los números cuentan una historia incómoda pero clara. Si en el sistema judicial trabajasen más mujeres que hombres—lo cual es cierto en muchas jurisdicciones—entonces debería ser lógico que ocupasen al menos un porcentaje similar en los cargos directivos. Pero ocurre lo opuesto. Mientras más bajamos en la pirámide judicial, más presencia femenina hay. Conforme subimos hacia las cúpulas de poder, esa representación se desmorona.

Este fenómeno refleja un problema sistémico más profundo: las instituciones de justicia heredaron estructuras patriarcales que nunca fueron completamente transformadas. Se agregaron mujeres al sistema, se permitió su entrada a la profesión, pero las estructuras de poder se mantuvieron intactas. Es como pintar una casa vieja sin arreglar los cimientos: la fachada cambia, pero la construcción fundamental sigue siendo la misma.

¿Qué se requiere para cambiar esta realidad?

El reconocimiento público del problema es un primer paso, pero no es suficiente. Varias experiencias internacionales muestran que cambios reales requieren intervención activa y decisiones difíciles. Algunos países han implementado cuotas de género en órganos judiciales superiores, enfrentando resistencia de quienes argumentan que esto compromete la meritocracia, cuando la realidad es que la meritocracia actual ya está comprometida por sesgos históricos.

Otras jurisdicciones han establecido comisiones de género dentro de sus organismos judiciales, diseñado programas de mentoría específicos para mujeres, y modificado los criterios de ascenso para incluir indicadores de inclusión y diversidad. Estos esfuerzos requieren presupuesto, voluntad política y, sobre todo, disposición para cuestionar narrativas que durante décadas se asumieron como naturales.

Para las mujeres en justicia que actualmente están navegando estas barreras invisibles, el cambio no puede esperar a que las instituciones evolucionen naturalmente. Es necesaria una combinación de presión desde adentro—mediante el trabajo en red entre juezas y magistradas—y desde afuera, con apoyo de organizaciones de derechos humanos y la sociedad civil que demande mayor diversidad en las cortes.

La ironía final es que un sistema de justicia más inclusivo y representativo tiende a ser también un sistema más justo y legitimado socialmente. Cuando las mujeres participan en la toma de decisiones judiciales, traen perspectivas que enriquecen los fallos, particularmente en casos que afectan a mujeres y niñas. La equidad no es solo un asunto de justicia social; es un imperativo práctico para mejorar la calidad de las decisiones judiciales.

El camino hacia una verdadera paridad en las cúpulas judiciales será largo y enfrentará resistencia, pero cada avance cuenta. Mientras tanto, decenas de miles de profesionales del derecho esperan que las instituciones finalmente reconozcan que la excelencia judicial no tiene género, pero las oportunidades para demostrarla, lamentablemente, todavía sí.

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