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Cine vende frontera salvaje, habitantes pagan factura

En Trap House, la frontera vuelve a convertirse en escenario de una vieja obsesión cinematográfica: túneles, cárteles todopoderosos y una tierra donde la ley parece desdibujarse. El filme muestra a un capo que abre un túnel cada vez que le tapan otro y plantea incluso un ataque desde el lado mexicano hacia agentes de la DEA en El Paso, reforzando la imagen de un territorio permanentemente amenazante.
La película, que puede verse en Prime desde hace un par de meses, dirigida por Michael Dowse y protagonizada por Dave Bautista, Kate del Castillo, Bobby Cannavale y Tony Dalton, sigue a dos agentes de la DEA —Ray Seale y André Washburn— que persiguen a un grupo de ladrones ligados a un poderoso narcotraficante. El giro dramático aparece cuando descubren que los autores del robo son sus propios hijos adolescentes, quienes utilizan la información y tácticas aprendidas de ellos para asaltar casas de seguridad del cártel.
Más allá del suspenso y la acción que exige el género, Trap House llama la atención por la forma en que retrata la frontera. El Paso y Ciudad Juárez aparecen de nuevo como un corredor oscuro donde el narcotráfico controla rutas, vidas y destinos. Sí, la película toca un punto real: el trasiego de drogas y el uso de casas de seguridad en El Paso como escala hacia otras ciudades estadounidenses existe y es documentado. Sin embargo, el problema de fondo es otro.
El relato termina por estigmatizar a una región que desde hace años libra una batalla compleja contra un fenómeno que no es exclusivamente local, sino atravesado por factores nacionales e internacionales: flujos de armas, consumo en Estados Unidos, redes financieras y políticas fallidas a ambos lados de la frontera. La simplificación convierte una realidad multifacética en un cliché cómodo para la pantalla.
Así, Trap House funciona como entretenimiento, pero también como recordatorio de cómo el cine puede reforzar etiquetas que pesan sobre ciudades reales. Reduce a El Paso y Ciudad Juárez a la narrativa de “territorio sin ley”, ignorando la vida cotidiana, el esfuerzo institucional y social por contener la violencia, y la responsabilidad compartida en el problema del narcotráfico.
Al final, la película deja una pregunta flotando más allá de su trama: ¿cuántas veces más la frontera será el villano perfecto para explicar una crisis que rebasa los límites geográficos y que es, en gran medida, global?







