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Paul Dano y Jude Law

Puede que sea goloso tratar de vender El mago del Kremlin como un biopic de Putin, y es de agradecer que Olivier Assayas, en una de las empresas más ambiciosas del cine europeo internacional, haya evitado caer en ese ejercicio. El film abunda en el retrato de Baranov (Paul Dano), su principal asesor y descubridor, y va desgranando durante dos horas y media las últimas décadas de política en Rusia mediante la propia voz en off de Baranov, cuyo relato mezcla la frialdad clínica con la intelectualidad cordial.
Son elementos aparentemente contradictorios pero ideales para el actor Paul Dano, principal asidero humano de una película excesivamente pedagógica y distante, que rechaza (a veces voluntariamente, otras porque tiene demasiados acontecimientos que repasar) profundizar en ciertos aspectos psicológicos o relacionales que hubieran proporcionado ese plus de oscuridad que el clínico relato de los hechos necesita.
Y es una pena, porque la sensación que deja la película de Assayas es de control continuo en todos sus aspectos, algo que sitúa el film por encima de otras crónicas criminales e históricas del director. La historia de un artista de la ‘transición moscovita’, después próspero y amoral ejecutivo televisivo y más tarde apodado el ‘pequeño Rasputín‘, es un intento para el espectador occidental de entender algo -no mucho, pero algo, como dice el propio Baranov al escritor interpretado por Jeffrey Wright- de la idiosincrasia del animal soviético, ese que resistió a los impulsos del dinero de los oligarcas de los noventa.
En el fondo, el film es un retrato de los fallidos mecanismos de corrupción capitalista una vez aplicados a la psique soviética. Pero Assayas no es Scorsese, o al menos el guion demasiado pródigo de Emmanuel Carrère no le deja serlo, y la amplitud del lienzo en ocasiones pide eso: algo de sentido al personaje de Alicia Vikander más allá del objeto de deseo, algo de peligro, de conflicto y por qué no, de drama. Existen demasiados episodios, como la creación de una red de control digital por internet o la propia biografía de Baranov, que manifiestan vocación de miniserie, no de película.
La mirada tranquila de Dano y la reproducción de Putin de Jude Law, que se beneficia de su escaso tiempo en pantalla, son los grandes pilares de un film demasiado explicativo, incapaz de crear metáforas o imágenes propias que liquiden de un plumazo minutos de exposición… exposición que por otro lado nunca pierde el compás de un ritmo sostenido y a menudo fascinante, que no cede a la épica pero tampoco a la conversación de pasillo, y que pese a sus defectos y renuncias (una explicación del propio Baranov) sabe conducir al espectador por donde quiere.







